22 de diciembre, y las penurias de millones de españoles, giran en un simple bombo, que, a modo de político, jugará con tu ilusión y con tu pan. Señores, la ilusión no se vende. Es muy probable que ni siquiera recuperes el dinero jugado en el décimo de Navidad pero, los que jamás perderán son los organizadores y el Estado que es quien debe devolvernos todos los derechos e ilusiones que nos vienen robando. En estos casos, cuando nos sentimos hipnotizados ante la ridícula posibilidad de salir de la miseria, las mejores aliadas son la coherencia y la reflexión

Mientras tratamos de buscar el modo de sustentarnos, llega otra Navidad.

En la pequeña pantalla, las noticias siguen siendo poco esperanzadoras en todo el mundo mientras contrastan, de forma escandalosa con cuerpos y rostros perfectos, escenarios de lujo, brillos, luces, felicidad, objetos que jamás podrás permitirte comprar y, tal vez, ni falta que te haga. Mientras tú, sentado en un destartalado sofá, te miras el bolsillo y temes no poder comprar, ni siquiera, los alimentos básicos para alimentar a la familia.

Las probabilidades de que puedas dejar de ser pobre, resultan directamente proporcionales al dinero que puedas invertir y, si tu inversión es grande, tal vez sea porque no necesitas que te sonría la suerte porque, al día siguiente, seguirás teniendo el mismo poder adquisitivo sin tener que renunciar a casi ningún capricho.

Somos los ciudadanitos de a pie, los que, con toda seguridad, perderemos esos diez, cuatro o dos euros que nos hemos quitado de la boca y nos hace volver a pensar, que al año siguiente, no nos va a pillar en otra.

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Pero ya se encargan los medios de hacer que te olvides de ese propósito. Delante de nuestros ojos, a todas horas, la impresionante cantidad de dinero que ofrece un décimo: 2 mil 200 millones de euros. No nos dejemos engañar. Esta astronómica cifra será dividida entre millones de españoles, a modo de migaja, que tal vez, solo les tapen un pequeño agujero en su mermada economía; luego, vuelta a empezar. Vamos, lo que viene a ser una estafa en toda regla. Con el desencanto posterior a estas falsas ilusiones, que nos dejará hechos más polvo, si cabe, seguiremos tratando de buscarnos la vida, como buenamente podamos.

En los juegos de azar, ante todo, antepongo mi coherencia. No suelo dejarme llevar por la emoción de unos cuantos miles de euros que, por estadística, tal vez nunca lleguen a mi mano. Por sistema, jamás pago un duro por participar en un juego de azar. Gente muy cercana y compañeros de trabajo, me han mirado como un bicho raro, con ojos de pensar: anda que como toque… Durante años, me he negado a participar en esa ridícula parte de un décimo que te ofrece tu empresa, previo pago, claro está.

Cuando, uno de aquellos años, solicité al empresario, un pequeño aumento de sueldo, directamente me señaló la puerta. A los pocos meses, me ofrece, con una sonrisa paternalista, una participación de diez euros. Lo rechacé, mientras le recordaba aquel mísero aumento que nunca me concedió. Diez euros para comprar pan, leche y huevos, le dije con una cínica y altiva sonrisa. Si el azar está de mi parte, ya saldrá a mi encuentro sin que yo haga nada por buscarlo.