Cuando leí esta salvajada, regurgitada bien podría ser por cualquier neandertal del pasado -de esos que resolvían todo a golpe de maza y bufido bravucón y que con el tiempo fueron refinando sus formas, si bien no su discurso- supe que no necesitaba mucho seso para dar con un título sugerente, como tampoco lo ha necesitado para dar muestras del más mínimo sentido común, respeto, integridad, coherencia, empatía y, en fin, decencia, al fin y al cabo, el autor de semejante diatriba: el polémico diputado federal del PP, Jair Bolsonaro (no se asusten, se trata del Partido Progresista de Brasil; o mejor, sí, asústense, porque aunque lo incluya en el nombre, el progreso se lo dejó en la cuneta como cualquier otro partido de derechas).

Parece que a Bolsonaro no le basta llamar la atención del pueblo brasileño cada cierto tiempo; le aburre y le parece monótono, y en mitad de esa necesidad de una mayor dosis de protagonismo fue cuando soltó en la Cámara de Diputados el pasado martes, pensando que ancha es Castilla, las aberrantes palabras que han dejado a Brasil en shock y a cualquier persona con dos dedos de frente. La víctima, la diputada federal y ex ministra de la Secretaría de Derechos Humanos de la Presidencia de la República, Maria do Rosário, del PT (Partido de los Trabajadores).

Según el curtido polemista en declaraciones a Rádio Gaúcha: "mi arma aquí en la Cámara es mi palabra. Tienes que llamar la atención. Si no lo haces nadie te ve. Soy una persona que inoportuno". (Desde luego, Bolsonaro; y discúlpeme si me imagino cuál puede ser su arma fuera de la Cámara).

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La respuesta, como es lógico, no se ha hecho esperar, y ya ha comenzado la relación de voces, partidos políticos y demás entidades que exigen su dimisión, a la espera de la decisión de la Comisión de Ética de la Cámara. Mientras tanto, la afectada ha decidido procesar por la vía criminal a Bolsonaro al tiempo que confesaba para la también Rádio Gaúcha que se sintió "agredida como mujer, como parlamentaria y como madre".

Supuestamente hay una razón para ese ataque tremendamente machista y cobarde: el diputado progresista (pónganle todos los peros que quieran a esto último) ha intentado justificar la agresión remontándose once años atrás, cuando, según él, la ex ministra le llamó "violador". No obstante, de ser cierto este episodio, no deja de extrañar que el señor Bolsonaro no emprendiera en su momento acciones legales por difamación al honor y haya esperado, sin embargo, once eternos años para devolverle, con creces, la jugada a Do Rosário. Incluso aunque esto fuera cierto, ¿es de recibo pagar con la misma moneda especialmente en lo relativo a un tema tan sensible y ruin para el que hace falta todavía mucha más educación?

Pero es que Bolsonaro es así, aunque en España casi ningún medio se haya hecho eco de la noticia.

Es Jair un tipo locuaz, sin pelos en la lengua, que ya ha anunciado en exclusiva que va a "causar tumultos" cuando se debata en la Cámara el informe de la Comisión Nacional de la Verdad (CNV), es decir, las aterradoras mil 300 páginas que recuentan, muestran y dan fe de los atroces crímenes cometidos por la dictadura militar brasileña desde 1964 a 1985 y entre cuyas víctimas se encontraba la actual presidenta del país, Dilma Rousseff, visiblemente emocionada el pasado martes cuando se hizo público el informe. Pero esto a Jair le importa más bien poco, muy poco le puede importar a un militar en la reserva que no esconde su añoranza por los tiempos de la dictadura.