Como bien sabemos, la pena de muerte sigue presente como elemento de castigo en muchos países del mundo como ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos. Este hecho tantas veces denunciado por Amnistía Internacional y por muchas otras asociaciones en favor de los derechos humanos, se ha puesto estos días en evidencia tras conocer una resolución en la que se declaraba inocente a un niño que fue ejecutado hace ya setenta años.

Este niño, ejecutado en 1944 en Carolina del Sur, fue el ciudadano más joven en ser ejecutado en Estados Unidos tras haber sido acusado de matar a dos niñas blancas a puñetazos, siendo condenado a la pena de muerte tres años después.

Como se ha dicho, el hecho de haberlo declarado inocente una vez ya muerto, pone en cuestión el sistema de la pena capital, pues son muchos los elementos criticables empezando por el mero hecho de ponerse a la misma altura (o peor) de quien comete el delito. La pena de muerte implica que las autoridades tienen libertad y poder para decidir sobre la vida de las personas, lo cual viola, desde mi punto de vista, el derecho más básico de cualquier ser humano, esto es, el derecho a la vida.

Otro escandaloso punto a analizar es el hecho de ejecutar tales sentencias sin haber esperado a la resolución de los juzgados. Es incomprensible, en todos los sentidos, aplicar penas sin resolución efectiva, pues como se ha visto en el caso expuesto, podría decirse que en este caso el Estado habría cometido un delito absolutamente condenable a la par que deleznable.

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Y es que son muchas las ocasiones en las que los condenados se ven obligados a confesar por coacciones ajenas a su voluntad.

Por todo, no estaría mal dar a conocer casos como estos y lanzar la reflexión a todos aquellos gobiernos que todavía creen en la pena de muerte como una acción justa y ejemplar. El ojo por ojo, diente por diente, no hace más que incrementar las ansias de venganza y quitar fuerza a la justicia como elemento de igualación de la sociedad. La pena capital es un elemento anacrónico en sociedades democráticas y un lastre para el avance social y ético de las mismas.