Después de lainesperada abdicación de su padre Juan Carlos I, Felipe VI ha debutado en esode los discursos de Navidad. Siempre hay expectación en saber qué dirá de tal ocuál tema, cómo lo tratará, qué palabras utilizará para sutilmente deciraquello que se cree que dice.

Se le aprecia una vozmás firme que la de su padre, que ha aprendido a declamar mejor, a mejorar eltono cada vez más de “patata en la boca” que tenía Juan Carlos I, nosimaginamos que por su avanzada edad y sus achaques.

Pero no es suficienteese intento para pensar al final del discurso que todo es “déjà vu”, en que loúnico que cambia es que es el Rey quien lo dice, o que ha cambiado la decoración defondo, siempre muy estudiada por sus asesores.

La declaración firmede buenas intenciones o de que luchemos contra la corrupción como lo haceFelipe VI, se ha quedado anticuada. Nos creemos mucho más a Pablo Iglesiascuando habla en el Parlamento Europeo, porque es más de ahora mismo, mientrasque el lenguaje del nuevo Rey resulta rimbombante, un estilo ya de otra época.

Está bien que FelipeVI aconseje a Catalunya que haga esto o lo otro, en vez de exigir que vayantanques allí y armen la marimorena, como quieren otros. No puede decirlo deotra manera, todos los Reyes, oficialmente, tienen que decirlo con lenguajediplomático, de manera que puedan convencer a alguien para que haga algo sin quese sienta atacado.

Pero como dije antes,todo esto sólo son buenas intenciones.

La figura del Rey español es simplementerepresentativa, una especie de figura decorativa, ya que, como dice laConstitución, todo lo que “Corresponde [hacer] al Rey”, si lo miras bien, no lopuede hacer solo, por su propia iniciativa, sino siguiendo lo que le digan lospolíticos, que son al final quienes deciden todo.

Tiene asuntospendientes muy gordos de resolver, no sólo lo de la definitiva implicación desu hermana Cristina en el juicio por el “caso Nóos”, aunque sea su cuñado IñakiUrdangarín el que podría acabar con más penas de cárcel que ella (si es que lecae algo), sino lo que pasará con sus padres, ahora que la Prensa sueca harevelado que su madre Sofía podría estar enrollada con otro, algo que seríalógico, pues ella ya se ha cansado de aguantar a su marido, aunque a laAristocracia que apoya a la Monarquía, le parezca un escándalo.

Yo he oído muchasveces a gente que exige que el Rey debería tener más poderes, como los tiene elPresidente de la República en Francia (hasta 1958, el Presidente francés eracomo el Rey español, no mandaba nada), pero los políticos se guardan mucho dedecir si eso sería conveniente, sobre todo para ellos, pues a ninguno les gusta que nadie les controle sus actos políticos. Un ejemplo sería lo quele pasaba a Aznar con Juan Carlos I, que a medida que crecía la megalomanía delprimero, más parecía estorbarle el segundo.

Muchos se acordaránde la notable película, “El discurso del Rey”, que pese a su aire de telefilme deMichael Landon, mostraba a un Rey en su lado humano, aquejado de algo tan comúncomo la tartamudez, que la puede padecer cualquier persona, sea aristócrata oplebeyo.

Colin Firth resultaba más adecuado para representarnos esa visión de Rey responsable quela que nos dan ciertos políticos hinchados de ego, como los que quieren rehacerCatalunya a su manera y que le hacen la pelota al Monarca. Algunos losconocemos y son líderes de partidos populistas e incluso periodistas de la “caverna”.Pero como no ataque él a Catalunya, le atacarán a él.

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