Un slogan muy acertado de una campaña publicitaria contra incendios forestales era: "Cuando el bosque se quema, algo tuyo se quema". La reciente crisis española de esa gravísima enfermedad que es el Ébola, con la enfermera Teresa Romero contagiada de la misma que ha conseguido superarla, ha quemado irremediablemente a dos responsables políticos de la misma, la Ministra de Sanidad, Ana Mato, y su homólogo de la Comunidad de Madrid, Javier Rodríguez.

Pero es demasiado tarde la dimisión y el cese, deberían haber ocurrido hace tiempo. Tanto Mato como Rodríguez han llevado la gestión de la enfermedad como una huida hacia adelante, como un defenderse de críticas obsesivamente, y ambos competían en ser el más torpe, el más demagogo… Rodríguez ha sido el más de lo segundo, tratando de culpar como fuese a Teresa Romero de lo ocurrido.

Ahora la crisis del Ébola ha pasado, los medios de comunicación están pendientes en otra cosa, pero nadie se puede olvidar de la irresponsabilidad de los Gobiernos español y madrileño, que han contravenido sus convicciones cristianas en esto. Digo por su nula caridad ante el calvario de Romero, que no solo estuvo al borde de la muerte, sino que perdió a su perro "Excálibur", que era como un hijo para ella y su marido. Por la paranoica y alocada gestión de los primeros días de la crisis en donde reside ella.

Es más bien ridículo que ahora el Gobierno madrileño haya decidido por fin cesar a Rodríguez, por sus palabras plenas de vanidad sobre el final del asunto, colgándose medallas y creyéndose el salvador de la Humanidad, que más bien recordaban a los guaperas que se creen que el orgasmo femenino solo lo consiguen ellos y nadie más.

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También esto contraviene cualquier creencia religiosa, que obliga a rechazar la vanidad.

No entraré en que si fue acertado o no repatriar a los misioneros que pillaron la enfermedad, a ellos les hubiera gustado más permanecer en aquellos países, con sus feligreses, y morir acompañados por ellos, pero la falta de previsión del Gobierno fue devastadora, no solo porque tuvo que emplear para tratar el Ébola un hospital a punto de convertirse en un simple centro para mayores, como el Carlos III, sino por la formación insuficiente que médicos y enfermeras tuvieron, como si les enseñaran un cursillo de limpieza de lavaplatos. Vamos, como si el Ébola fuera aquello de "solo es un bichito que si se cae, se mata", lo que se dijo cuando empezó el envenenamiento masivo por el aceite de colza desnaturalizado en 1981, que al principio se denominó "neumonía atípica" y que causó más de 600 muertos y miles de personas con secuelas graves de por vida.

Ana Mato tenía que haber sido cesada hace tiempo, pero al ser una de las colaboradoras más fieles de Mariano Rajoy, él no se atrevía a despedirla, además del atrincheramiento masivo de la gente del PP en no tener culpa de nada, cuando cualquier gobernante debe admitirla si la tiene.

Pero lo más triste es que Ana Mato haya dimitido no por este lamentable asunto, sino por estar implicada en la corrupción sección Gürtel. Después de muchos chistes sobre ella tipo "en ocasiones, veo automóviles Jaguar en mi garaje", sobre confetis y payasos en las fiestas de sus hijos, ha sido más fuerte esto para ella que una enfermedad que podría haber matado en España a más gente por su culpa. Como diría Cospedal, lo suyo ha sido una "dimisión en diferido".