Tras la resaca del largo puente de la Constitución y de la Concepción, iniciamos una semana algo más corta con las peores de las noticias: dos mujeres fallecidas y otra herida grave, víctimas todas de la violencia de género. Una lacra, un cáncer de nuestra sociedad, que pese a los 10 años que han transcurrido desde que entrara en vigor la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, ha dejado la escalofriante cifra de 757 mujeres asesinadas, casi medio centenar, solo en este 2014 que aún no ha finalizado. Un grave y serio problema, que por lo visto, no lo es tanto para el Gobierno de Mariano Rajoy, que desde su llegada a la presidencia hace tres años, ha recortado un 30% la partida presupuestaria destinada a la Igualdad y la Violencia de Género.

Otra muestra más, de la nula sensibilidad de este ejecutivo que, amparado en su mayoría absoluta, aprueba leyes y recortes por decretazo, cuando debería hacer todo lo contrario: invertir en políticas de igualdad en todos los ámbitos. Empezando por la educación: escuela y hogar; continuando por el ámbito laboral, espacio donde pese a desempeñar los mismos cargos y asumir las mismas responsabilidades, las mujeres continúan percibiendo salarios inferiores, y solo, por su condición de hembra, y terminando por la publicidad, acostumbrada a otorgarle un papel constante de sumisión y de damisela en apuros.

El sexo femenino lleva siglos luchando por esas igualdades. Muchas mujeres han muerto incluso por defender esos derechos. Lo que clama al cielo, es que en pleno siglo XXI, y después de tanta lucha, y de obtener importantes victorias en cuanto a nuestros derechos, ciertas mujeres, con su actitud, continúen fomentando y amamantando como una monstruosa ubre, esa ley universal que otorga al macho todo el poder, además, de esa equivocada y falseada convicción de posesión sobre su pareja.

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Pero, lo más repugnante de todo, no es la falta de medidas eficaces para atajar tan infausto ultraje a nuestra condición femenina. Lo realmente repulsivo, e incluso, impúdico, es que, ciertas grandes damas de este país, se parapeten tras ese papel de esposa ignorante, ciegamente enamorada que desconoce todo lo que su esposo hace y deshace, pues es el macho men, o sea, el troglodita dominador, y lo haga, para eximirse de sus responsabilidades en los supuestos delitos perpetrados por su marido, y de los que ella, por lo que apuntan las pruebas en poder del juez a cargo del caso, también fue, en mayor o menor medida, partícipe. Si, ciertamente, la Infanta Cristina es tan sumamente inepta y mema como nos quiere hacer creer, lo que queda claro, es que no está capacitada para ninguno de los cargos que ostenta, ni civiles ni institucionales.

Pero aún más deplorable, es que, ciertos funcionarios públicos, cuyos salarios corren a cargo de los castigados bolsillos de los ciudadanos, en un desfachatado acto de servilismo cortesano, adulterando las funciones para las que han sido designados y haciendo suyos el refrán: "Ser más papista que el Papa", insulten a esos mismos ciudadanos de quiénes cobran, maquillando el inapropiado comportamiento de la Infanta en el Caso Noos, y bailándole el agua al poder.

Permítame acabar este artículo de opinión, señora Urdangarin, transmitiéndole una grata realidad. Afortunadamente, la inmensa mayoría de mujeres de esta España de la que es Infanta, somos, repito, afortunadamente, mucho más listas que usted.