João César Monteiro (Figueira de Foz 1939, Lisboa 2003) se le podía ver caminar desde su casa hasta el parque de Príncipe Real en Lisboa. Paseos cotidianos, derivas concordadas; él no se perdía, se encontraba. Vai e vem (2003), su último film nos mostraba a João Bubu, uno más de sus heterónimos made in Pessoa, en un tránsito de bono bus desde su morada hasta el Parque del Príncipe Real. El cotidiano lo trasladó a lo cinematográfico, como tantas veces en su obra vida-vida obra. El día a día se convertía así en el cuento donde fraguar el arte, al fin y al cabo una fábula fantástica de nuestra propia realidad.

Hasta llegar a esa percepción el Cine, João atravesó un camino de encuentros y discordancias. Su primer film Quem espera por sapatos de defunto, morre descalço (1970), una película de resonancias francesas, donde la nouvelle vage y las influencias de Jean Luc Godar junto al aroma portugués de la época se absorbía por los granos del celuloide. Aún no había acontecido la revolución de los claveles (a revoluçao dos cravos) pero las intenciones por una liberación social ya estaban marcadas. Ese film destilaba una germinal intención que posteriormente fue fraguándose en nuevos caminos de experimentación. El documental Sophia de Mello Breyner Andresen (1972) o Fragmentos de un film sémola (1973) y Que Farei Eu com esta espada (1975) fueron propuestas novísimas donde la realidad era el contexto donde poder proyectar un futuro de creación.

Luego llegarían dos films completamente rompedores y de gran repercusión en el cine portugués, la excelente Veredas (1978) y Silvestre (1982). Veredas fue un cruce de caminos cinematográfico, una escuela del tiempo donde lo menos importante, probablemente, era la historia, y lo soberbio el juego del tiempo del presente y del pasado, de lo antiguo y lo nuevo, del documental o el cine del real y la ficción.

De ese gran camino abierto, todo un grupo de cineastas supieron nutrirse de él, directores nuevos que siguieron esa línea que constantemente se ha traspasado en el cine luso, los límites de la realidad y de la ficción. Después llegarían Flor de Mar (1983), un film donde aún se pueden encontrar pequeños descubrimientos y delicadezas, y como no, fábulas y símbolos, aunque como João nos vino a señalar más de una vez “un árbol en el cine es un árbol” y...

“la poesía no se puede filmar en el cine”. Una declaración de intenciones que viene desde la disidencia. Después de una crisis de creación pudo retomar la senda de la luz. Un regalo, cuentan las crónicas, lo facilitó, la obra Viaje al final de la noche de Céline.

En 1989 surge de en medio de las ruas de Lisboa, Recordaçoes da casa amarela, una obra gigante y un encuentro para el nuevo cine portugués. La obra culpable de que tantos nuevos y buenos creadores hayan surgido en el país vecino. Recuerdos de la casa amarilla es la obra que sacó del ostracismo, para bien de todos los amantes de eso que llaman cine, a João César Monteiro, o João de Deus, ese personaje indómito proyección de las vísceras luminarias del creador.

De aquí surgió toda una generación punk donde el juego llegó a ser parte de la obra cinematográfica –¿cuando dejó de serlo?-, la esencia del arte comenzó a manejarse como fondo de una herramienta, el cine, que recuperaba todas sus potencialidades de la mano del autorretrato fílmico y la contaminación total de la realidad con la ficción. De esas esencias se nutrieron un montón de cineastas contemporáneos: Miguel Gomes, João Pedro Rodrigues, João Nicolau, Sandro Aguilar, Salome Lamas... y más jóvenes como Gabriel Abrantes. En todos ellos una parte de João César Monteiro habita y lo podremos ver en esta primera quincena en la Filmoteca. El ciclo del cineasta portugués es, no solo una gran compilación de sus largometrajes y cortometrajes, también una extensa cosmovisión de la influencia que ha tenido el “Cineasta terrible por impedimento ético” como lo definía el que fuera director de la filmoteca portuguesa João Bénard da Costa.

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