Los esquemas y arquetipos, tanto literarios como cinematográficos, se han ido repitiendo a lo largo de la historia. Y no es algo malo, es algo lógico.

Pero ¿qué tiene que ver el maestro de la ciencia-ficción con uno de los mayores vendedores de libros de nuestra época? Pues el personaje más famoso del americano. Ése es el vínculo que liga a Asimov y Brown: Robert Langdon y Elijah Baley. Veamos cómo.

Elijah Baley, un hombre que va saltando de mundo espacial en mundo espacial, policía en la Tierra, amigo de robots con apariencia humana, que carga la responsabilidad de salvar el mundo -y no sólo el suyo- en cada nueva tarea que le encargan, fue ideado para investigar asesinatos. Asimov desarrolla su personaje a lo largo de las novelas Bóvedas de acero, El sol desnudo, Los robots del amanecer y Robots e Imperio -aunque en esta última, su aparición es puramente testimonial, pero ahí está-.

En la segunda novela, Baley entabla relaciones con una extraterrestre, autóctona del mundo al que viaja; en la tercera, dicha relación se consagra.

En todas las historias, el protagonista cuenta con ayuda y oposición a partes desiguales, y dicha oposición se va intensificando según se suceden los libros, pero, al final, se encuentra solo para enderezar los entuertos que le presentan. Y, cómo no, al cabo siempre vuelve a casa.

En Robots e Imperio el personaje ha muerto, lo que complica su retorno -la novela se desarrolla siglos después de Los robots del amanecer, no estoy destripando nada-, y la protagonista es la amiga intergaláctica de Baley, pero, aun así, se enfatiza su heroicidad y su papel crucial en la salvaguarda de los mundos.

Robert Langdon, profesor de simbología religiosa que se ve, sin comerlo ni beberlo, por lo menos la primera vez, involucrado en conspiraciones apocalípticas milenarias, adopta ciertas actitudes similares al personaje de Asimov.

Dan Brown desarrolla al suyo, de momento, en Ángeles y Demonios, El código Da Vinci, El símbolo perdido e Inferno. Quizá las aptitudes de Langdon sean superiores a las de Baley, es más inteligente y perspicaz, y además cuenta con la ventaja logística de tener sólo la responsabilidad de su propio mundo. Este profesor de Harvard se ve empujado de ciudad turística en ciudad turística -Roma, París, Washington DC, Florencia, Venecia, Estambul- para que organizaciones secretas -tan secretas como los masones en El símbolo perdido- no lleven a buen fin sus tejemanejes.

También lo acompañan ayudantes femeninas nativas de las distintas urbes en que trabaja cuyo papel va adquiriendo más importancia a medida que avanzan las novelas y se desvelan sus orígenes, aunque nunca llegan a arraigar definitivamente en el corazón del estudioso. Y, al final, siempre regresa para dar sus clases, claro.

Las líneas maestras de los personajes, como se ha visto, son similares. El arquetipo del investigador solitario que resuelve las felonías que los malos tienen preparadas al mundo -a éste o a cualquiera- es muy común.

Y dos referentes actuales de la novela, en su género, han recurrido a él para dibujar unos personajes carismáticos y resignados a su causa. Es cierto que las novelas de Asimov ofrecen mayor calado literario al tratar temas como la inmigración o el racismo y hasta la filosofía y la economía. Brown, por otro lado, conoce a su público y el impacto de sus obras, y escribe para que todo siga funcionando, y aunque sus libros no alcancen la profundidad de los de su referente, tiene de su parte a Tom Hanks, que ya es decir.

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