Jean Cocteau percibía el amor como un estado corrosivo peligroso, un estado enajenado y enfermizo que no desencadenaba la felicidad, sino todo lo contrario, el dolor y la dependencia. Curiosamente la obra fue creada poco tiempo después que se implantaron los teléfonos particulares en las casas. La novedad por tanto de la comunicación se había transformado en distancia, la cercanía, el cara a cara ya no era posible y por tanto la capacidad de defensa era mayor, el valor menor y la mentira el recurso. “¿Para que sirve el amor?” es lo que se pregunta la protagonista en este monólogo. Su amante la deja en una larga charla de sentimientos, ciertos o no donde él se marcha, se aleja para siempre y ella queda destrozada en un mar de sonidos, al fin y al cabo palabras lejanas de un amante que ya no está frente a ella.

“Todo lo que he aprendido del amor fue cómo disparar a alguien que desenfunda más rápido” Leonard Cohen recogía en esta línea de su canción Aleluya, una de las grandes verdades de nuestros cataclismos cotidianos. En el amor y en el desamor siempre uno está más preparado que el otro. El dolor de los sentimientos, la falsa felicidad de ese órgano que llaman corazón, se deshace dependiendo de quién disparó la primera bala.

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