Leer, pasar la vista por los signos de una palabra o texto escrito para interpretarlos mentalmente o traducirlos en sonidos. Leer es una de las acciones más evidentes ante cualquier ojo humano, y sin embargo, uno de los actos más íntimos, un gesto intangible que es una experiencia inconmensurable para el protagonista. André Kertész quizá quiso robar de alguna manera la esencia de este instante. Lo hizo en fotografías, todas ellas en blanco y negro, entre 1915 y 1970.

De familia judía, con el nombre de Andor Kertész, nació en Budapest en 1894. Afectado por la temprana muerte de su padre, librero, y tras una larga infancia rural en una hermosa casa campestre de Lipót, una pequeña villa al noroeste de Hungría, inició su carrera trabajando como corredor de bolsa.

Atraído por la ilustración, la pesca, la natación y la poesía, quiso ser agricultor y apicultor, pero con la mayoría de edad compró su primera cámara rectangular ICA, y desde entonces no supo deshacerse de la fotografía.

Apasionado de las distorsiones, Kertész cambió su nombre a André durante la época que emigró a París. Eran los años veinte, su carrera como fotógrafo alcanzaba un pedestal visible, pronto viajaría a Estados Unidos, y entre tanto disparo incansable, hacía tiempo que ya había aparecido su hermosa obsesión por los lectores.

"El poder absorbente y el placer de esta actividad solitaria, y hablará tanto a los fans de la fotografía como a los de la literatura."

Tras publicarse en Estados Unidos bajo el título 'On Reading', Periférica y Errata Natural han coeditado ahora en España, 'Leer', 66 instantáneas en blanco y negro de André Kertész que muestran personas leyendo, con un prólogo del escritor argentino Alberto Manguel y una nota a la edición de Robert Gurbo.

Desde la primera, en Esztergom, donde tres niños con pantalones gastados, dos de ellos descalzos, comparten un libro, hasta las últimas en Nueva York. "Juguetonas y poéticas, las imágenes de este libro celebran el poder absorbente y el placer de esta actividad solitaria, y hablará tanto a los fans de la fotografía como a los de la Literatura.", describe Julián Rodríguez, editor de Periférica.

Lectores desde infinitos puntos de vista y "en ningún caso ostentosos". Imágenes cotidianas, inusuales, o surrealistas, como el parisiense que hojea un periódico con una vaca por encima de su cabeza. Nadie mira a cámara, están absortos en ese hermoso ejercicio que permite al ser humano desaparecer. Kertész llevó tan lejos su indiscreción, que captó personas leyendo en azoteas.

"No se trata solo de pasar las páginas, sino de quedarte en cada una un tiempo. Él entendía que la lectura era un acto íntimo.", explica Rodríguez.

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