Metallica, la que probablemente sea la banda más influyente de estos años, ha sacado recientemente nuevo álbum. Y ese acontecimiento, sí, acontecimiento, es, independientemente de gustos y preferencias, noticia. Los californianos han publicado un doble disco, el décimo de su carrera, titulado Hardwired… To Self-Destruct.

Más adelante, en el momento apropiado, se escribirán unas palabras sobre él, pero todavía no. Hoy toca hacer revisión de su larga y fructífera carrera.

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Hoy toca escuchar de nuevo sus dos mejores trabajos: Master of Puppets (1986) y su disco homónimo, comúnmente conocido, muy al estilo de The Beatles, como The Black Album (1991). Dos discos arrolladores, llenos de ruido y de furia, repletos de guitarras magníficas y letras descorazonadoras, dos discos perfectos en su género. Veamos.

El primero ocupa un lugar especial en el corazón de los fans de Metallica: fue el último que grabó su bajista original, Cliff Burton, antes de su trágica y prematura muerte, junto con Kill ´Em All (1983) y Ride the Lightning (1984).

El disco abre de forma inmejorable: unos suaves acordes de guitarra española que estallan en mil pedazos por su la réplica eléctrica de Battery, imparable; Master of Pupptes continúa la tarea y trasciende su cometido -está considerada como su mejor canción- con simetría, con ruido, con silencio y con ruido otra vez; The thing that should not be nos sigue demostrando por qué Metallica es Metallica; y luego la intro relajada, la melodía en calma, luego Welcome home (Sanitarium).

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Disposable heroes y Leper Mesiah siguen el camino marcado por sus antecesores, con ritmos claros, directos al tímpano. Orion, tema enteramente instrumental para cumplir con una de las tradiciones mejores y mejor arraigadas del grupo, y Damage, Inc. cierran el disco. Un gran disco, grandísimo. Irrepetible. Crudo como lo que representa. Atronador.

El segundo es el segundo con Jason Newsted como bajista. Después de … And Justice for All (1988), su álbum debut, el músico tuvo el privilegio de formar parte del disco de mayor calidad, y el más vendido, del grupo.

En una comparación musical cualquiera, un disco que cuenta en su once titular -12, en este caso- con el himno Nothing else matters, que puede calificarse como la canción casi perfecta -es perfecta cuando se le añade una banda sinfónica tocando en directo sus notas; estoy hablando de la versión incluida en S&M (1999)-, que merece un análisis a parte, todo se andará, parte con ventaja.

The Black Album es más melódico, las líneas de bajo destacan más que en trabajos anteriores, para muestra, el riff de apertura de My friend of misery.

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Cuenta, por otro lado, con algunas de las canciones más carismáticas de Metallica: Enter Sandman, The unforgiven, otro himno, o Wherever I may roam, son ejemplos; y con la más pesada musicalmente: Sad but true. Holier than thou, Don´t tread on me, Through the never, Of wolf and men, The God that failed y The struggle within completan este hito del thrash metal.

Sus dos mejores discos, sus trabajos más completos, más suyos, ubicados a años luz -ambos, eso sí, en la misma dimensión-, en cuanto a calidad melódica y lírica, de otros trabajos de otros grupos de su entorno, como Slayer o Anthrax.

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Dos veredas guitarreras entre las piedras de la Música moderna.

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