Sergio Moreira, un virtuoso

Sergio Moreira crece alimentado intelectualmente por el talento familiar que encontró el terreno abonado en una particular capacidad de absorción y una aptitud fuera de lo común por todo lo que fuera el ámbito musical. La tía paterna, María la O, ostentaba el cargo de Capellán en la Iglesia de La Pastora, cargo mismo que llegó a ocupar, años más tarde su sobrino Sergio.

Todo virtuoso es un maestro y Sergio Moreira no fue la excepción. Si bien su destreza, habilidad creativa y talento, lograron forjar un ejecutante de excepción, fue en el gratificante sendero de la docencia donde el artista encuentra su verdadero camino hacia la permanencia en la memoria de todos aquellos que rozaron su trayectoria, permanencia reservada a los seres capaces de dejar impronta indeleble de forma respetuosa y moderada, pero indestructible en el recuerdo.

En los jóvenes años 50, Sergio Moreira enseña Música en una pequeña escuela. La rutina empleada por el profesor con los alumnos que comenzaban en la educación primaria consistía en dar unos acordes al piano de una conocida canción infantil, los niños colocados en una fila, iban desfilando uno por uno y debían cantar las letras de la melodía, eso permitía al profesor ubicar a los educandos en su tonalidad. En un inicio de curso, asistió por primera vez un alumno cuya característica no era precisamente la alegría espontánea y jocosa de todo infante. En el núcleo familiar del jovencito, la muerte inesperada y dolorosa de una hermanita, había causado una situación luctuosa que influyó en todo el entorno, de tal manera que en aquel hogar la música, las expresiones joviales y cualquier manifestación dichosa, quedaron proscritas por el doloroso acontecimiento, debido a eso aquel niño transcurrió su primera infancia sumergido en un ambiente patéticamente triste.

Al tocarle el turno frente a su nuevo profesor, la diminuta figura quedó pasmada al oír las notas que invitaban a la expresión canora. Sergio Moreira percibió de alguna manera la angustia producida por una situación inesperada y desconocida, al completar los acordes sin obtener ninguna reacción, el profesor, sin recriminar o estimular verbalmente al nuevo alumno, se limitó a repetir el compás, a la quinta vez de reiniciarse la melodía, como emergiendo de un sueño la voz del pequeño fluyó y, como él mismo confesara décadas más tarde, nunca más dejó de cantar.

El niño de esta hermosa historia se convirtió en un destacado dramaturgo y director de teatro, ha sido el primer latinoamericano en dirigir una obra de su autoría en Broadway con reparto estadounidense. La obra en cuestión se titula “Vimazoluleka” y su autor es Levy Rossell Daal.

Este extraordinario artista y mejor ser humano, participó en vida y muy activamente con el equipo extraordinario del profesor José Antonio Abreu, desde los comienzos del Sistema Nacional de Orquestas.

Una obra tan universal no pudo ser ejecutada por una única voluntad, sirva este texto para rescatar la presencia anónima de todos aquellos que aportaron talento en las empresas que forjaron identidades.

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