Nos empeñamos en rellenar el silencio como si éste fuera hueco, y nunca, bajo ningún concepto, lo es. El silencio, bien pronunciado, es más elocuente que muchas conversaciones. En realidad, aunque comprendamos que es el idioma más rico del mundo, aunque asimilemos sus conjugaciones y sus matices de significado, aunque aprendamos a escucharnos, seguiremos sin saber quiénes somos. No hay nada que rellenar, porque el silencio lo envuelve y lo ocupa todo. Es tirano benevolente, es bienhechor malintencionado. Es luminoso, es cegador. Es, sobre todo, sonoro. Se oía en Comala y lo escuchó Ingmar Bergman.

Pero el silencio más estruendoso lo imploró Fernando Pessoa.

Lo imploró mientras se deshacía en muchas partes de él mismo, mientras guardaba su monumental obra -en vida sólo publicó English poems en tres volúmenes y Mensagem- en un baúl en su piso en la Rua Coelho da Rocha de Lisboa -obra que, a su muerte en 1935, conservó su hermana Henriqueta Madalena-, mientras buscaba completar con aguardiente lo poco que quedaba de todas esas partes que, en los últimos momentos de su vida, parecían haberlo abandonado. Mientras huía de sí mismo. En definitiva, mientras escribía.

Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares, Alberto Caeiro… Todos eran distintos. Y todos eran el mismo: él mismo, Fernando Pessoa, el mejor escritor del siglo XX.

No es una afirmación a la ligera. Su obra magna en prosa, el Libro del desasosiego, es un compendio inigualable de aforismos de una calidad tal que son inalcanzables incluso para la entropía, preñado de matices tan sublimes y sutiles que es necesario leer dos veces cada frase para recrearte en su belleza.

Pero lo mejor del silencio de Pessoa es que, como el filosófico, es ilimitado: La educación del estoico, el hermano pequeño del Libro del desasosiego, La hora del diablo, Sus Diarios personales, El banquero anarquista, uno de sus relatos más célebres, Lisboa, flâneur sobre su ciudad natal, Escritos sobre genio y locura, de revelador título… Y esto en prosa.

Hay que tener en cuenta, para comprender el tesoro que por poco nos arrebata el paso del tiempo, que él ha pasado a la historia como poeta. Y, por supuesto, con razón. ¿He dicho que también escribió teatro?

Pero sosteniendo el peso del genio siempre está la misma delicada estructura: el alma humana. Y esa forma tan marcada, tan suya, de huir de la suya es posiblemente la única respuesta al gran enigma que fue Fernando Pessoa. Se le derramaban las identidades mientras se le escapaba la vida en un nostálgico y aterrado suspiro.

Ruido del paso del tiempo, ruido del olvido, ruido de la ignorancia. Ruidos que Pessoa, o Soares, o Caeiro…, en su íntima contradicción, nunca conocerán. Y luego el silencio.

Callen y lean. Lean y lean a Pessoa.

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