Desde que tengo uso de razón, todas las imágenes que rodearon mi infancia, juventud y vida adulta han estado de alguna manera representadas en mi abuela.

El afecto que me fue prodigado desde mi más tierna edad marcó indeleblemente mi carácter, aprendí desde niña el significado abstracto del amor al prójimo, observando como esa diminuta persona, que siempre estaba a mi lado, prodigaba incansablemente, sin mezquindades ni segundas intenciones, cariño y ayuda de todo tipo a todo aquel que por alguna circunstancia necesitase una mano amiga.

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Cuando crecí entendí que su espontánea generosidad obedecía a un profundo amor por la vida y, por lo tanto, se transmitía de manera franca y cándida a todos sus semejantes.

Malula, así le decimos en el ámbito familiar desde siempre, ha tenido una vida fructífera, desde todas las posiciones que las circunstancias la colocaron, la herramienta que le permitió cumplir honrosamente todo compromiso, fue la honestidad. Esta probidad, que en su caso es más virtud intrínseca que racionalidad asumida, le permitió conciliar facetas tan arduas como la de comediante y la de servidora pública.

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Nunca permitió que la vanidad modificara una molécula de su prístina personalidad.

Ahora, desde la óptica de un adulto, puedo mirar con complacencia mi camino por la vida, gracias a las graníticas imágenes de estoica solidez que fueron y son senda recorrida y camino abierto, cálido refugio e impulso cómplice, necesaria severidad y permanente solidaridad.

Al presentarse la posibilidad de relatar algo de la vida de este personaje único, lo hago con la convicción absoluta de que la vida de Malula debe obtener la perdurabilidad de la letra impresa.

Este convencimiento deriva del mismo sentimiento altruista que ha sido norte en la existencia de mi abuela, creo que su manera simple y valerosa de enfrentarse al quehacer diario puede de alguna manera ser inspiración de conductas o faro orientador en la oscuridad.

Malula nació en la segunda década del siglo pasado, en una ciudad provinciana donde todo avance tecnológico significaba cambios radicales en una comunidad tímida y pacata. Hoy, cuando el modernismo nos trajo tantos beneficios confortables, pareciera que también nos presenta una factura ineludible.

Nos debemos acostumbrar a vivir encerrados en nuestra vivienda, protegidos por sólidas cerraduras y cercas electrificadas, salir a cumplir con las obligaciones diarias y no saber si el hado nos permitirá regresar, aprender a eludir el nudo en la garganta por el temor que nos inspira cualquier cosa que pueda rozar a nuestros seres queridos. Quizás el regreso a la racionalidad que nos permita la convivencia tolerante, la podamos descubrir en los seres humanos comunes que nos precedieron, los que simplemente vivían en paz con su propio yo, los que miraban a los ojos, los que sabían abrazar, los que daban y no esperaban recibir.

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A esta estirpe pertenece Malula, a un linaje de hombres y mujeres con un balance vital enriquecedor. Gente simple, eso es lo que los convierte en colosos.

Entrevistador: Riccardo Caputto

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