Parece mentira en pleno S. XXI escuchar al aspirante republicano a ocupar la Casa Blanca, aunque fuera en petit comité, presumir de hombría aludiendo a lo que hace con las mujeres gracias a su dinero. También se hace raro pensar que en 200 años de historia sea la primera vez que el Museo del Prado le dedica una exposición a una mujer, Clara Peeters, pintora flamenca del s. XVII.  Como  “extraño” es que una escritora, reconocida y premiada, como Ángeles Caso haya tenido que recurrir al crowfunding para poder publicar su última obra “Ellas Mismas”, que trata sobre pintoras y que a las editoriales no les parecía rentable.

Por supuesto el mundo al completo repudió las palabras de Trump, tan políticamente incorrectas en la Sociedad puritana estadounidense, como la contundente respuesta que le dieron las integrantes del grupo punk ruso “Pussy Riot”.

No seas estúpido, no seas tonto, la vagina es realmente de donde provienes”.

Por norma general se considera que el mundo del Arte se sitúa en la vanguardia de la sociedad, es moderno y liberal. Sin embargo, la historia del arte responde a categorizaciones que deben ser revisadas cada cierto tiempo para no excluir a grupos amplios como ha venido haciendo durante muchos siglos.

“¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?” es el título de un artículo que publicó la historiadora estadounidense Linda Nochlin ya en 1971, en él llegaba a la conclusión de que el estereotipo del artista por excelencia es el de un varón blanco, de clase burguesa y heterosexual (podría ser Trump) y toda la historia del arte se ha construido en torno a este esquema. Grupos amplios de artistas han quedado fuera, las mujeres, artistas de otras razas, residentes en regiones periféricas o incluso los de épocas denostadas como la Edad Media.

La revolución cultural de los años 80 hizo que muchos colectivos artísticos se revelasen contra la tradición establecida. Por ejemplo las Guerilla Girl´s, utilizaron su imagen femenina remarcada con minifaldas y medias de rejilla, mientras cubrían sus rostros con máscaras de gorilas, para protestar por la escasa presencia de obras de mujeres en los museos. Su cartel más famoso decía “¿Tienen que desnudarse las mujeres para entrar al Metropolitan?  Menos del 3% de los artistas en el museo son mujeres, pero el 83% de los desnudos son femeninos”. Las cifras han variado muy poco más de treinta años después.

Más o menos por esa misma época autoras como Grace Hartigan o Lee Krasner, admitían firmar sus obras con seudónimos masculinos o con iniciales para que se las tomara en serio.

Lo cierto es que desde la prehistoria, como demostró el  arqueólogo Dean Snow reconociendo como femeninas las manos de la mayoría de las pinturas rupestres, ha habido mujeres artistas. Y a poco que busquemos las encontraremos en todas las épocas en ocasiones bien situadas y reconocidas gracias a su obra.

Pero al salirse del discurso general han sido silenciadas.

Donald Trump ha demostrado no ser amante del arte, aunque Nueva York se haya llenado de exposiciones, instalaciones y performance de las que es el involuntario protagonista y que ha calificado como “degeneradas”.

El arte puede ser una ayuda para superar las barreras sociales y los prejuicios por eso está bien reconocer la obra de artistas valientes como lo fue Clara Peeters.