En el siglo XVII, dibujar podía ser el único motivo para elegir ser uno mismo sin temor a carecer de una profesión o sueldo. La pasión y el Arte. Quizá. José de Ribera, pintor y grabador español conocido como el 'Españoleto' debido a su metro y medio de estatura, nacido en Játiva en 1591, así lo debió de creer el día que olvidó la profesión de zapatero de su padre, y abandonó su casa y España para viajar a Italia con el único propósito de mejorar su técnica artística. Con tan sólo 15 años había emprendido un viaje que lo llevó a Nápoles, Roma, Parma, Génova o Lombardía. Era un apasionado de Caravaggio, y a lo largo de su vida sintió una fuerte adhesión a este estilo tan intenso.

El pintor que completó toda su obra en el país italiano, se instaló en Nápoles hacia 1616, y se convirtió en un maestro del lapicero. Personajes como Rembrandt adoraban sus grabados. Él dejaba fluir su imaginación, las obsesiones más oscuras, y lo hacía con total libertad y sin el actual existente miedo a la censura. Creador naturista, introdujo la intimidad de su lapicero en el tenebrismo y pronto fue llamado el "dibujante empedernido".

La obra de Ribera está protagonizada por la figura humana. Los seres más inverosímiles son su inspiración. Tullidos, vagabundos, enfermos, seres adscritos a la fealdad o lo grotesco. El creador se regocija en escenas de género de las calles de Nápoles, dónde había martirios, torturas, hombres atados a árboles, ahogamientos o decapitaciones; acercándole incluso como precursor de Goya.

Si bien un tercio de su trabajo lo dedica en exclusiva a las cabezas.

La increíble pasión de Ribera de dibujar estos suplicios provocó que fuese conocido como el artista "cruel y sádico"

El Museo del Prado recoge desde el 22 de Noviembre esta colección compuesta de 71 piezas entre cuadros y papel. En la exposición hay imágenes de delirio, enigma o denuncia de atrocidades que cometía la inquisición.

Destacan piezas como la de un hombre colgado en una garrocha de ahorcar, donde los contornos esquemáticos y concisos, y los continuos trazos cortos, evidencian la rapidez con la que el artista dibujó como si 'careciera de tiempo para retratar las posturas y gestos'. La increíble pasión de Ribera por dibujar sobre el papel estos suplicios provocó que durante los siglos XVIII y XIX fuese conocido como el artista "cruel y sádico."

Contemplar su obra es una mezcla de periodismo y literatura.

El espectador percibe la curiosidad objetiva de la realidad, como un reportaje visual de lo que sucedió en aquella época, y de manera paralela puede viajar a la parte del autor donde él inventaba sus pesadillas con escenas de castigo, horror y una morbosidad sin límites por la violencia física. Lo dijo Lord Byron: "Ribera pinta con la sangre de los Santos".

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