Habituado a pisar charcos, que algunos convierten en mares de polémicas, Reverte se sigue defendiendo a capa y espada y sigue escribiendo. Después de todo lo que ha visto y oído, de todo el horror de Líbano, El Salvador, Libia, Sudán o Sarajevo, entre otros horrores, Reverte sigue en pie y sigue escribiendo.

Sigue escribiendo personajes que son parte del imaginario colectivo cultural español. A parte del archiconocido capitán Alatriste y su largo desarrollo en la saga -Limpieza de sangre, El sol de Breda, El oro del rey, El caballero del jubón amarillo, Corsarios de Levante, El puente de los asesinos- en cuya serie de novelas ha sabido recrear a la perfección personajes tan complejos como Francisco de Quevedo, el cartaginense se ha rodeado en sus obras de otros tan carismáticos como el veterano de los Tercios de Flandes.

Veamos.

Empezando por el final, quien haya leído Hombres buenos no habrá podido dejar de encariñarse con Hermógenes Molina, respetar a Pedro Zárate y admirar los vericuetos que tuvieron que afrontar para poner algo de luz en la oscuridad casi perpetua de España; en El tango de la Guardia Vieja, es capaz de deleitarnos con la historia de amor de Max Costa y Mecha en los días más convulsos del convulso siglo XX; en El pintor de batallas nos deja asomarnos a la vida de Faulques un fotógrafo de guerra retirado y a su tumultuosa relación con Ivo Markovic, un militar curtido en las campañas de la antigua Yugoslavia en los años 90; en La piel del tambor, el sacerdote Lorenzo Quart nos lleva desde la Ciudad del Vaticano hasta Sevilla buscando a un hacker informático; en El maestro de esgrima, Jaime de Astarloa nos acerca al ambiente conspiratorio del Madrid decimonónico.

Reverte, con estos personajes protagonistas -también de género femenino, como en La Reina del Sur- y libros de inconfundible estilo, entre otros, pues faltan otros muchos, se ha abierto paso a codazos y espadazos en el panorama literario. Todo esto sin tener en cuenta, porque ahora no viene al caso, su labor como periodista, reportero y corresponsal.

Y ahora ha creado a Lorenzo Falcó, extraficante, espía en la Europa de los años 30 y 40.

Otro personaje que promete afianzarse en el imaginario, otro libro que reclama su permiso para conquistar nuestras bibliotecas. Otra obra de Arturo Pérez-Reverte.

Y que se defienda. Y que aguante. Y que resista. Y que siga en pie. Y que Reverte siga escribiendo.

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