Pongamos un escritor al que llamaremos X. X se considera escritor de ciencia ficción. Puesto que X admira a escritores como Ray Bradbury, Asimov, etc., intenta escribir historias con las mismas temáticas que ellos: robots, alienígenas, mundos distintos al nuestro y de vez en cuando agujeros negros. Haciéndolo, aspira a escribir un día una historia tan buena como las que ellos escribieron. Pero X no debería hacer eso.

Pongamos, por ejemplo, que a X un día se le ocurre una idea. Va a escribir un relato sobre una persona que al llegar a una fiesta se da cuenta de que, menos él, todos los invitados son robots. Así, corre a escribirlo, y tras unos días lo termina.

Entonces, X relee el relato, y hay algo que no le termina de gustar, pero no sabe el qué. En teoría, está perfecto: porque sólo el resto de invitados son robots y está explicado lo bastante simplemente como para que se entienda y lo bastante complejo como para que parezca creíble, y el final cierra bien la trama. Lo vuelve a releer, y sigue sin saber qué es lo que ha hecho mal, por qué no es el nuevo Philip K. Dick. La razón es sencilla: porque X ha escrito sólo una historia de ciencia ficción.

Quizás alguien debería decirle a X que todas esas grandes historias que admira, si bien son normalmente catalogadas como ciencia ficción, no se quedan en absoluto ahí. La buena ciencia ficción no es un género en sí misma, sino una excusa para contar algo más. X, al centrarse en lo que en esas historias es sólo la presentación (es decir, los robots y los marcianos), está descuidando lo importante de ellas y de lo que de verdad tratan: la humanidad.

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A la manera de los mitos griegos, la buena ciencia ficción es el escenario perfecto para las preguntas consideradas ‘grandes’, como qué significa existir o si hay un ser superior; a pesar de que a primera vista esté basada en ciencia sin cortar, a lo que de verdad se parece es a la filosofía más especulativa. Es curioso darse cuenta de que el modo más efectivo y elegante de explicar al ser humano es ponerlo frente a un marciano.

X, por tanto, el problema que tiene con su historia es que se ha centrado en los robots, y no en la persona que va a la fiesta. Es, de momento, una simple historia de ciencia ficción. Un error sintomático de este tipo de historias es que caen demasiado en la autoexplicación, en aclarar por qué ocurre lo que ocurre. No importa tanto por qué todos los invitados son robots sino qué implica que todos los invitados sean robots, y X no debería haberse centrado en ello. Le ha intentado dar realismo a una historia que ni la tiene ni la debería necesitar. De lo que debería ir el relato no es de por qué en la fiesta sólo hay robots, sino de lo que significa. El día que X sea consciente de ello, estará más cerca de escribir su propio ‘Crónicas Marcianas’, y empezará a entender la ciencia ficción como un medio, y no como un fin.

A no ser, claro, que a X simplemente le gusten los robots. #cienciaficción