Alrededor del siglo XIII, Europa era el epicentro de la herejía. Al sur de Francia, apareció el grupo de los Cátaros. En 1208, los Cátaros asesinaron a un alto representante de la Iglesia, y el papa Inocencio III proclamó una cruzada en contra de este indisciplinado grupo religioso, pidiendo a la aristocracia del norte de Francia que convencieran a la nobleza del sur, que no perseguían a los Cátaros, que lo hicieran, para así poder erradicarlos.

Los Perfecti Cátaros, que vestían un característico hábito negro, lo que los hacía fácilmente identificables, fueron asesinados usando métodos atroces e inhumanos, y aunque al principio, los Cátaros no trataron de esconderse, tras varios años de matanza encarnizada, los hábiles Perfecti Cátaros, decidieron ocultarse, cambiando su atuendo e incluso a pesar de su celibato, empezaron a viajar con mujeres, argumentando que eran sus esposas.

El sistema judicial del momento consistía en un proceso acusatorio que obligaba a la parte agraviada realizar una acusación pública, pero si la parte insultada no conseguía probar dicha acusación, entonces era castigado de la misma forma en que se castigaba al acusado. Esto provocaba que aún quienes tuviesen una acusación legal y verdadera, se negaran a presentarla.

Inocencio III se dio cuenta de que ese procedimiento no sería eficaz para sus propósitos y en el año 1215, el papa convocó a una asamblea, a todos los dirigentes cristianos, en el IV Concilio de Letrán, en Roma. Inocencio III notificaría ahí de sus nuevas reglas y normas para perseguir a todos los herejes y religiosos corrompidos.

Así nacía la violenta y sanguinaria, Santa Inquisición.

El nuevo código de justicia de la Inquisición adquirió un perfeccionamiento que lo hacía muy parecido a nuestro juzgado habitual, y consistía en encontrar una causa probable y proceder a la acusación; no tenían que probar nada, sólo hacía falta tener en las manos las suficientes sospechas para demostrar la culpabilidad del acusado.

El proceso legal de Inocencio III, daba al inquisidor todo el poder de armar un caso completo, interrogando a la gente de la comunidad. En 1231, el papa Gregorio IX, nombra a nuevos investigadores especiales, llamados: "Inquisidores de la depravación hereje" El objetivo de la Inquisición era acabar con la herejía y acabar con la herejía, significaba acabar con los herejes.

El papa Gregorio IX fue el autor intelectual de un plan que pondría sobre la secta de los Cátaros, todo el rigor de la Inquisición.

Muchos sacerdotes Inquisidores, fueron enviados a Francia y Alemania para acabar con todos los rebeldes religiosos que se negaran a reconsiderar su posición y a todos aquellos que se negaron a cambiar de opinión y respetar las normas de la Iglesia, fueron quemados en la hoguera.

Conrad de Marburg, uno de los primeros y más insignes inquisidores debido a su obsesiva devoción por la Iglesia y su extrema crueldad y rigidez, habló al papa de una supuesta secta Alemana llamada "Los Luciferinos" y logró convencerlo de su existencia, pero la forma de proceder de Conrad de Marburg era extrema, arrestaba a los que consideraba herejes y les daba sólo dos opciones, retractarse o arder en la hoguera.

Los historiadores descubrieron después, que todo eso de los supuestos Luciferinos, no había sido más que un obsesivo invento de Conrad para impresionar al papa.

Pero había otro idólatra de la congregación, el Inquisidor del norte de Francia, un Cátaro arrepentido que no era mejor que Conrad de Marburg.

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