Uno nace y no elige ser el que es. Nadie es igual a nadie, y sin embargo, es difícil ser distinto. Así fue Robert Allen Zimmerman, un genio que nunca creyó ser genio. Criado en las colinas de hierro Mesabi, en Hibbing, eligió el folk en vez del rock porque le parecía “una cosa más seria”. Antes de llegar a ser Bob Dylan, escondió su identidad hasta en un total de ocho seudónimos.

Nada en su entorno suena igual. Él eligió ser el que es, y su ausencia es la que le ha hecho estar tan presente. Cuando reconocen su importancia y distinción, Dylan opta por un bello silencio. Así sucedió el pasado 13 de octubre, el día que la Academia Sueca decidió concederle el Premio Nobel de Literatura por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.

Todo lo que ha sucedido a su alrededor desde entonces, mero ruido.

Cuando uno es Arte, nadie debería establecer límites. O nadie debería juzgar el arte. Si bien, el ser humano anhela etiquetarlo todo. Bob Dylan, a sus 75 años, ha sido siempre un tipo singular, único, extraño y reservado. Y músico. Que no acuda a la ceremonia de entrega del Nobel por “compromisos adquiridos anteriormente”, no es una sorpresa. La Academia dice haber recibido una carta del artista, no menciona si escrita de puño y letra o impresa, y en ella él asegura estar “muy honrado” por el premio y aclara que “hubiera deseado recibirlo en persona.”

Bod Dylan ha dicho sí, y ha dicho no, y también ha dicho otro sí distinto, y quizá jamás mencionó el no.

O para ser honestos, no ha dicho nada y todos han dicho todo. Annika Pontikis, jefa de relaciones públicas de la Fundación Nobel, en declaraciones a El País, ha utilizado una expresión muy inglesa: “Está bien.” Y ha añadido: “Es su decisión. Simplemente".

Ernest Hemingway, Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, William Golding, Camilo José Cela, José Saramago y 106 premiados en una lista que comenzó en 1901.

Y aunque el próximo 10 de diciembre, en conmemoración de la muerte de Alfred Nobel, Bob Dylan no acudirá a la entrega de premios, él no será el primero.

El artista, pese a la ausencia, “recibirá el dinero”. Un cheque de un millón de euros. No acudir al evento “no es excluyente”. Pontikis declara: “Si tiene otros compromisos y los considera más importantes, es perfecto, pero parece una mente un poco complicada”.

Si bien, el ganador del Pulitzer y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, sin quedar claro el castigo de su incumplimiento, tiene el requisito de ofrecer una conferencia Nobel antes del mes de julio. Dylan deberá liberar su agenda y ajustarse la corbata, al menos, durante un día.

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