El inventor del papelillo (confetis)

Las manifestaciones, que se convierten en expresiones culturales o costumbres que pueden parecer banales tienen un origen, algunos sucesos, cosas o situaciones pueden surgir espontáneamente o tener motivaciones basadas en alguna necesidad, pero siempre pareciera que es finalmente la ingeniosidad surgida con el estímulo del momento lo que va construyendo lo que a la postre asumimos como hechos absolutamente naturales y parte intrínseca de nuestra naturaleza o respuestas absolutamente normales en determinado momento.

Como ejemplo de lo expuesto deseamos citar la costumbre universal de celebrar los desfiles de multitudes lanzando sobre los participantes coloridos papelillos o, como en algunas latitudes se definen, confetis.

Era costumbre muy antigua que, al pasar o marchar festivamente por calles populares soberanos, celebridades guerreras o grandes artistas, el pueblo celebrante lanzara al paso de los afamados y famosos, pétalos de flores o confetis, era una manera de honrar popularmente a los personajes, todo esto aportaba un gran colorido al jolgorio y a la celebración.

Hoy en día y prácticamente en todo el orbe, se utilizan lluvias de pedacitos de papel de diferentes colores que, por la levedad intrínseca forman cascadas coloridas mientras bajan elegantemente adornando la celebración. Esto del papelillo o confetis, también tiene un origen.

Durante el año 1876 y en la celebración del carnaval de este año, un muchacho, Ettore Fenderl (1862/1966), con catorce años de edad, estaba junto a su familia contemplando el desfile de máscaras que transcurría en su ciudad natal (Trieste, en el noreste adriático), en esta época los confetis usados eran de yeso colorado y eran vendidos especialmente para ser lanzados al aire.

El joven Ettore no tenía dinero para adquirir dichos confetis y entonces se le ocurrió la idea de recortar pedacitos de papel de diferentes colores, para así participar, lanzándolos, sobre las comparsas que desfilaban. Inmediatamente fue imitado por los vecinos y desde aquel inicio se popularizaron, desde Viena hasta Venecia y, universalmente, los papelillos.

El mismo protagonista de esta historia lo relató en una entrevista que se realizó el año 1957, en una estación italiana radiofónica.

Este joven italiano a quien hacemos referencia, llegó a ser un reputado ingeniero, inventor y filántropo, creó en Austria (donde estudió y se graduó), concretamente en Viena, una fundación para el estudio de ingeniería civil y en el año 1898 patentó una central para la producción de gas acetileno, bajo su técnica se construyeron una docena de estos establecimientos, tanto en Alemania como en Rusia.

Al terminar la primera guerra mundial (1914/1918) contribuyó con el nacimiento del Instituto Estatal de Radioactividad Italiano, donde también trabajó un joven Enrico Fermi (considerado como uno de los padres de la energía nuclear). También en Italia fundó la sociedad Fenderlux, que se dedicaba a la fabricación de equipos ópticos de uso militar.

Ettore se retiró en el año 1936 e instituyó una fundación con fines benéficos, a su muerte, y siguiendo instrucciones expresas, la propiedad de sus posesiones fueron dedicadas a usos sociales, creando un parque con su nombre.

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