El carácter marcadamente sexual de la sociedad de la antigua Roma es conocido de forma general y está claro que asombra a algunos, divierte a muchos e interesa a la gran mayoría. Así, podemos comprobar en una visita a Pompeya, por ejemplo, cómo el mayor éxito entre los usuarios lo reúne sin duda el lupanar o prostíbulo. Aquí los visitantes pueden ver las estancias donde las mujeres recibían a sus clientes y se puede disfrutar de la decoración de explícito contenido sexual que ornamenta las paredes.

En una sociedad así no es de extrañar que existiese lo que se conoce de forma popular como kamasutra numismático ya que se trata de monedas acuñadas con motivos de carácter sexual y cuya finalidad estaba destinada precisamente al mismo objetivo.

No se trataba en modo alguno de monedas oficialmente acuñadas por el Estado y, por tanto, no se podían usar para pagar cualquier servicio o producto no relacionado con la prostitución. Más bien, según creen los investigadores, las Spintrias, que así se llamaban estas monedas, tenían una función específica para pagar los servicios de aquellas mujeres que ofrecían sus servicios sexuales en los lupanares romanos pero que no conocían el idioma oficial del estado, el latín.

Las Spintrias estaban numeradas en una de sus caras con dígitos que iban de I (1) hasta el XVI (16) representando de este modo el valor de cada una de ellas. En la otra cara aparecía una escena sexual que tenía lugar entre un hombre y una mujer con una representación muy detallada y de carácter realista lo que evidencia el cuidado puesto en la creación del diseño.

Según algunos investigadores, estas monedas sexuales se crearon bajo la orden directa del emperador Tiberio, conocido por su desbocado apetito sexual, con el fin de utilizarlas en sus juegos personales.

Sin embargo, la falta de oficialidad de la moneda y el carácter personal de su acuñación, son elementos clave para que la existencia de estas monedas no se repitiese durante el mandato de otros emperadores por lo que la circulación de las Spintrias no se extendió más allá del siglo I d.C.

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