¿Puede entenderse La planète sauvage (1973) como una respuesta audiovisual a esa contracultura nacida de mayo del 68? Si entendemos por contracultura simplemente lo que Theodore Roszak expuso en El nacimiento de una contracultura (1968), es decir, los valores y acciones opuestas a los establecidos en una sociedad y que influyen y persisten en el tiempo, entonces la respuesta podría ser negativa.

Sin embargo, si consideramos las tesis defendidas por Immanuel Wallerstein en Geopolítica y geocultura: ensayos sobre el moderno sistema mundial (2007) sobre las causas y consecuencias de mayo del 68, podemos apreciar ese carácter contracultural en la obra de René Laloux.

Wallerstein sostiene que si bien la contracultura no fue políticamente decisiva para la revolución de mayo del 68, sí formó parte de la euforia revolucionaria.

Es cierto que la protesta fundamental se dirigió contra la hegemonía estadounidense en el sistema mundial, y por supuesto, contra la conformidad y/o conveniencia soviética ante tal hegemonía. Pero existió también una protesta secundaria más vehemente dirigida contra una “vieja izquierda” que se vio sorprendida al ser atacada por la propia izquierda.

Uno de los lemas más repetidos durante la revuelta del 68 fue “Soyons réalistes, demandons l'impossible”. Lema que posteriormente ha sido mil veces recuperado, como durante las revueltas del Mediterráneo en 2011.

Es precisamente desde esta máxima desde la que se puede proponer la lectura, o mejor dicho el visionado, de La planète sauvage como respuesta contracultural.

Lejos de encontrar mensajes políticos que merman el sentido poético de la obra, La planète sauvage puede plantearse como una búsqueda incansable de lo imposible.

No tanto en su sentido peyorativo, es decir, de buscar lo que no se puede encontrar, sino en un sentido utópico, de buscar lo que podríamos encontrar. Esos imposibles probables quedan magistralmente plasmados en las ilustraciones de Roland Topor: lenguas con patas y varios ojos, ave con aspecto de dragón y boca de oso hormiguero, plantas asesinas, humanos domesticados por gigantes azules, etc.

En cada uno esos seres imaginarios se oculta algo de nuestra humanidad, ese algo que queda silenciado por la cultura hegemónica.

Como en toda obra artística, La planète sauvage tiene dos lecturas, la que vemos y la que percibimos. En la primera estaría el argumento, en la segunda estaría la poética. En esta última, no sólo tenemos que tener en cuenta las ilustraciones surrealistas de Topor, sino la simbiosi con una banda sonora espectacular a cargo de Alain Goraguer y Jean Guérin. Los sonidos electrónicos crean una atmósfera envolvente que permiten al espectador abandonar la incredulidad ante esa naturaleza salvaje y aceptar ese mundo imposible de Laloux y Topor.

El éxito de La planète sauvage fue más que merecido.

El mismo año de su estreno, el Festival de Cannes le otorgó un premio especial del jurado, y a éste se le añadieron otros en el Festival de ciencia-ficción de Trieste, en el Festival de Atlanta y en el Festival de Teheran. ¿Las causas? Se pueden destacar tres: una Animación alejada del estilo Disney, un guión excelente y, sobre todo, una apuesta por la animación para adultos. Por supuesto, Laloux no fue el primero en realizar una obra de animación para público adulto. Sólo hay que señalar que un año antes, Ralph Bakshi estrenaba su Fritz the Cat, y tampoco Bakshi fue el primero.

En lo que sí pueden considerarse uno de los primeros Laloux y Topor, es en haber integrado audiovisualmente la apuesta de mayo del 68: el poder de la imaginación y la creatividad para cambiar el mundo.

Es indiscutible que La planète sauvage desborda en imaginación. Y es que como sostenía Gianni Rodari, la imaginación es necesaria, no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo.

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