Un monstruo ha venido a verme o más bien yo he ido a verlo, se trata de la película muy mencionada en los medios: Un monstruo viene a verme; una película que no deja indiferente, desde el principio al final. Para empezar se trata de un niño que tiene que enfrentar la grave enfermedad de su madre, esto es un dilema más que frecuente en nuestra sociedad. Niños que tienen que crecer muy rápido por la situación física o emocional de sus padres.

Esto nos conmueve y montamos campañas de concienciación, números de ayuda al menor, contra el maltrato, el acoso y tantos otros atentados contra la integridad infantil, movimientos admirables. Pero la verdad es que somos personas habituadas a la realidad de manera que podemos conmovernos con una película, incluso con las noticias del telediario, pero cerramos los ojos, evitamos implicarnos, cruzamos los brazos cuando el cambio está en nuestras manos.

La insensibilidad social es también un fenómeno muy común de nuestros días, sabemos que los niños son el futuro pero ellos forman parte de una sociedad que es el presente junto a los adultos de hoy, buenas personas con buena voluntad pero como decía el monstruo “Lo que piensas no es importante. Lo único importante es lo que haces.” Volviendo al niño, este debe pensar y actuar por su madre, a la vez que es acosado en el colegio, se impone a su realidad,  la realidad  de los adultos, la que al fin y al cabo es la que cuenta dolorosamente, un padre que lo excluye de su presente y su futuro, una abuela a sus ojos demasiado estrictos, y la escapatoria su imaginación: el monstruo, una voz firme que le habla de las distintas verdades, todo esto conforma el mundo de un niño comprensiblemente disgustado ante la posibilidad cada vez más cercana de perder a su única fuente de amor: su madre.

 Una de las escenas que más me conmovieron, aunque es difícil quedarse con una, es cuando el niño en la primera experiencia con el monstruo corre a esconderse bajo las sabanas, junto a su madre, y me volvieron a la mente las muchas ocasiones en las que ese gesto me devolvía la calma tras una pesadilla, corría a refugiarme con mi madre y me parecía que todo el miedo se alejaba para no volver, mi refugio sus brazos, no lo hubiera cambiado por un yunque debajo de la tierra, solo quería sentir el calor de su cuerpo, y ver su mirada dormida pero tranquilizadora.

Inmediatamente  me pregunto y ¿ahora? Siendo adulto  ¿qué nos tranquiliza? cuando todo se desmorona, cuando sentimos que el suelo bajo nuestros pies no es firme, cuando toda la seguridad parece no existir en ningún lugar, en ninguna mirada, al cabo de un rato comprendí que ya nada nos puede dar seguridad. Los yunques  humanos se desvanecen pero en cambio queda en  nuestro interior una voz (nuestro monstruo)  que nos convence de que todo saldrá bien, de que somos lo suficientemente fuertes para que los temores sean superados, que somos nuestro propio monstruo que arremete contra cualquier circunstancia que atente contra ese pequeño niño que se quedó dormido en nuestro interior.

Quizá de eso se trate el misterio de crecer, llegar a ser una de esas personas que miran con lágrimas en los ojos una película de injusticias, incapaces de contener las lágrimas pero completamente  capaces de pelear por quien lleva la vez en la frutería, incapaces de ceder un asiento, incapaces de ser quien abraza al que teme, completamente incapaces y es que al final todos somos ese príncipe injusto pero esencialmente  buenos, monstruos sabios, boticarios, humanos.

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