Por fin, después de más de dos semanas desde que la academia sueca le proclamara el Nobel de Literatura 2016, Bob Dylan ha dado señales de vida. Declara que se quedó sin habla cuando se enteró, noticia que no sabemos si le llegó ayer por la noche o unas horas después del anuncio, porque Dylan es mucho Dylan.

El premio representa el primer músico en la historia en ganar un Nobel; y Robert Allen Zimmermann recibe otra condecoración más por su larga trayectoria como artista.

En sus vitrinas cuenta con un Nobel que se añade a la lista formada por Pulitzers, Grammys, Oscars y Príncipes de Asturias, entre muchos otros. No es de extrañar tanto galardón en realidad.

Bob Dylan es un individuo único que emerge entre el folkamericano tradicional y el pop del momento, estancado por aquel año 1962 por los cambios entre las estrellas de rock del momento: Elvis Presley, que marchó una temporada con el ejército; Little Richard, formándose como cura; o Jerry Lee Lewis, masacrado por la prensa y la justicia por algún que otro escándalo.

Dylan, junto con los Beatles, catapulta la década más productiva del pasado siglo musicalmente hablando, naciendo en el país equivocado. El Reino Unido, a diferencia de Estados Unidos, gozaba de libertad creativa total, y lo aprovechó durante toda la década. Dylan contaba con limitaciones, pues el negocio de las compañías discográficas era sacar singles a doquier que tuvieran una duración aproximada de 3-4 minutos como mucho.

Pero él hacía lo que le daba la gana. Like A Rolling Stone, considerada por muchos como una de las mejores canciones de todos los tiempos, duraba 6 minutos y pico.

Gracias a su descaro llegó a ser el artista que es. Convirtió la Música en poesía con sus hermosas y crudas letras, evolucionó musicalmente dejando muchos detractores que le criticaron por pasarse a lo comercial, y en consecuencia incluso obtuvo más fans, siguió con sus historias, a veces historias totalmente introspectivas, y otras veces himnos representativos de muchas generaciones, y un largo etcétera.

Así durante 55 años.

Bob Dylan infunde personalidad, resta importancia a la opinión ajena; el exterior le importa, lo respeta y le influye, pero no le cambia ni le trastoca los planes. Es alguien que ha aprendido y apreciado las proezas de otros artistas, en muchas ocasiones adaptándolas a su propia esencia musical para luego evolucionar. Bob Dylan, aunque músico, debe gran parte de su magnificencia a la literatura.

Con ídolos como Jack Kerouac o Allen Ginsberg, Dylan empezó a escribir.

Merece el premio. Ahora que ha contestado, la jeta por la cual era criticado al no pronunciarse se transforman en los misterios que siempre crea alrededor de su propia persona: ¿Dylan no contestó hasta 15 días más tarde porque no lo sabía y estaba en su mundo o porque estaba anonadado ante semejante honor? Él declara que es todo un orgullo y un honor.

Sin embargo, nos preguntamos: ¿Dylan cree que es justo recibir un premio de literatura cuando se ha considerado siempre de toda la vida un músico? Lo resolveremos si le preguntan, si no otro misterio más.

Pero qué más da. Bob Dylan es un artista, es una persona más, alguien que va como dice en su cronología “No Direction Home”. Aprende a cada paso que da y las críticas no le importan, sigue lo que le pide su propia personalidad, el entorno influye pero él va y va a lo suyo. Con sus propias acciones nos lanza mensajes: id a lo vuestro, seguid vuestro propio camino y que nadie ni nada os destruya.

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