Desde la creación de Oswald en 1927 hasta el estreno de Blancanieves en 1937, los estudios de Walt Disney dominaron la Animación en Estados Unidos. Luego, durante la década de los 40 se estrenaron Pinocho (1940), Dumbo (1941) y Bambi (1942). Es justamente entre Bambi y Cenicienta (1950) donde Giannalberto Bendazzi situa el periodo de la “república de los iguales” (1942-1946), denominado así por el hecho que no surgió ninguna personalidad que pudiese rivalizar con los estudios Disney.

A pesar de ello, durante esta época la Warner Bros, y bajo la dirección de Leo Shlesinger, creó una escuela de animación antidisney, basada en la violencia y el ritmo accelerado de la narración.

El mayor representante fue Tex Avery. Según Gianni Rondolino en Storia del cinema d'animazione (1974) esto supuso “un ritorno al primo disegno animato e al cinema comico dell’epoca di Mack Sennet (…)”.

Nacido en Texas, de ahí el apodo “Tex”, Fred Tex Avery, había trabajado como dibujante de tiras cómicas antes de trabajar con el padre de Woody Woodpecker, Walter Lanzt. Tras la salida de David Harman y Rudolph Ising de los estudios Warner, Schlesinger contrató a Avery y le encomendó la animación de un pequeño grupo de animadores conocidos por su rebeldía: Chuck Jones y Bob Clampett. A pesar de que Avery no alcanzó en la Warner los logros de la Metro, fue en ésta donde desarrolló su estilo original.

Entre 1935 y 1940 aparecieron nuevos personajes en los Looney Toones, como Porky, Elmer Fudd, Daffy Duck y Bugs Bunny, que otorgaron reconocimiento al grupo de Avery. Para Bendazzi es difícil establecer quienes fueron los creadores individuales de estos personajes o cual fue exactamente la fecha de su nacimiento.

En 1942 Avery abandonó la Warner y Clampett se convirtió en el líder del grupo. Durante los años en que trabajó para la Metro (1942-1955), Avery no logró crear personajes tan peculiares como los conseguidos en la Warner.

Sin embargo, a pesar de la inexistencia de un personaje que fuese reconocido por el público norteamericano, fue ésta la época de mayor libertad creativa de Avery.

Como sugiere Alberto Casal en “El eterno trastorno y la persecución perpetua” (Estéticas de la animación, 2010), en este nuevo mundo lo cómico y lo grotesco no nacía de la fábula, sino de la simple mecánica del contraste y del ritmo frenético de la narración. En estos cortometrajes, puesto que no se sentía obligado a ajustar su sentido humorístico a un personaje en concreto, Avery dejó que cada historia siguiese su propio camino.

De acuerdo con las ideas de Rondolino, en Avery se percibe un gusto por el slaptick. Con frecuencia rompió las convenciones de la pantalla: se dirigía al espectador, comentaba las secuencias y los trucos de la animación por medio de rótulos o de los propios personajes.

Además, Avery estaba obsesionado con la velocidad, sus personajes desaparecían repentinamente de la pantalla, dejando atrás sus rastros. Este recurso fue muy utilizado por Chuck Jones en Willy the Coyote y Beep-Beep the Roadrunner.

Tal y como había sucedido anteriormente con los hermanos Fleisher, Paul Terry y Walter Lanzt en los 30, la escuela Tex Avery supuso la consolidación de las dos tendencias de la animación norteamericana. La primera, encarnada por los estudios Disney, representante de la visión conservadora y tradicional del producto audiovisual y destinada a un público infantil; la segunda, algo más inconformista y rompedora tanto a nivel gráfico, como a nivel narrativo.

Durante muchos años Tex Avery fue ignorado por el público y la crítica, pero recientemente ha sido considerado el maestro reconocido de William Hanna y Joseph Barbera (Tom y Jerry), como también de Matt Groening (Los Simpson).

Con el paso del tiempo, el concepto de primus inter pares de Bendazzi, parece no ser muy correcto, ya que en esa segunda tendencia, Avery destacó por encima de sus iguales.

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