El cine es innegociable y las imágenes de Pedro Costa nos dirigen a él. La filosofía que encierra el Cine del realizador portugués, un contrato con la imagen y todas las potencialidades del cine y su lenguaje es solemne. Una obra de resistencia, realizada en los márgenes, donde el plano recoge toda la poética de la ensoñación, ahondando en la esencia del cine: la imagen y el tiempo. Desde que Pedro Costa se perdiera por el barrio de Fontainhas, hoy rincón transformado de la ciudad de Lisboa, allá por el año 2000, conectando por primera vez con esos seres excluidos en el Cuarto da Wanda (2000), el cine encontró el grupo de aliados preciso para dar un paso adelante.

Juventude en marcha (2006), proclamó la consolidación de esa forma de hacer Cine con letra mayúscula, que viene de sus mentores, las influencias del propio cineasta en Antonio Reis, Margarita Cordeiro y los Straubs, y que recoge la libertad del cine del real con una poética del claroscuro, y la lentitud que Ventura, el Hamelín de los excluidos, como fue en su día Wanda, nos ha indicado en medio de sus fantasmas.

Yonquis, mutilados, pobres, inmigrantes de las colonias… Zombis. En ese micromundo se expone la humanidad entera, nos viene a indicar Pedro Costa. Cavalo dinheiro expresa el detonante de los perdidos. “La sociedad corrompe los cuerpos de los inmigrantes y luego sus cabezas. Son cada vez más tristes”, comentó el director que presentó la semana pasada junto a Víctor Erice un ciclo en El círculo de Bellas Artes de Madrid.

Ventura, deambula por la película, por las estancias de un hospital, por las mazmorras, por las ruinas de las industrias. En ese desubicado mundo, enfermo, la película se desarrolla bajo un tiempo imaginado, el que transcurre en la cabeza desordenada del personaje. La linealidad por tanto desaparece para entrar en un mundo de sueños, de imágenes-tiempo bajo la estética del claro-oscuro, un tiempo tenebroso donde la aparición de Ventura es una constante del renacido, como un Nosferatu (la estética de la película se mueve en ese expresionismo de la oscuridad y puntos de luz en los rostros).

Lo excluido por tanto no solamente son ellos, también el espacio, la ruina de la fábrica, las estancias del hospital que parece un castillo, un centro de recluso de un atormentado personaje que solo encuentra fantasmas, los muertos de las guerras, un ejército de memoria, puertas que se abren y cierran para mostrar imágenes.

De ese infierno Pedro Costa dibuja una crítica social, pero ante todo una propuesta estética, al fin y al cabo una forma de hacer Arte con una herramienta, el cine.

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