La comedia romántica es un género por lo general mediocre, repleto de lugares comunes, privo de talento. Como el gran circo de los horrores de la política española. Sin embargo, hubo un tiempo en el que un esmirriado, excéntrico y neurótico autor neoyorkino se dedicaba a fabricar desamores de 90 minutos lowcost, capaces de tumbarte de la risa mientras competían en existencialismo con Proust. Curioso que esos inolvidables amoríos fueran escritos por la pluma de alguien acusado de abusos sexuales a menores.

Woody Allen, a sus 80 años, sigue fiel a su cita anual con la cartelera. La 46ª cinta del estadounidense llegó a las pantallas españolas hace tressemanas para endulzar la recta final del cineasta de Brooklyn.

Y es que pese a que destaca entre los numerosos fiascos de los últimos años, es innegable que el film está a años luz de la época dorada de Allen. Café Societyes un postre bien emplatado y bien cocinado, pero el resultado final empalaga y decepciona. Es una delicia visual, un cuento de hadas melancólico y colorido que conforme avanza la película muestra un envoltorio bonito pero vacío. El protagonista neurótico y desternillante interpretado en innumerables ocasiones por Allen se torna en algo ridículo y sin carisma en la piel de Eisenberg, atado a unos diálogos banales que no son ni la sombra de ese intercambio frenético y fresco que trascendió la categoría de comedia en su mejor época.

Woody Allen consiguió crear tragicomedias atemporales con poco presupuesto y una visión fatalista y resignada de las relaciones humanas.

El judaísmo y el desamor son los ingredientes constantes en toda su cinematografía, caracterizada por protagonistas caricaturescos abocados al fracaso, atrapados en funestos y crueles romances. Es imposible no sentir piedad y lealtad hacia ese pequeño e histérico hombre que habla atropelladamente, se mueve de un lado a otro de la pantalla sin pausa, cita a Groucho Marx y lucha en vano contra un desenlace infeliz.

Quien no se haya conmovido y reído hasta el agotamiento viendo Anie Hall o Delitos y faltas no tiene alma.

La comedia romántica se emancipó con Allen, se despojó de su carácter secundario y demostró que los romances de la pantalla no tienen por qué ser empalagosos y banales. Pero la acción erosiva del tiempo es inevitable, y la genialidad indiscutible vertida en sus trabajos durante años y que creó obras maestras se agotó.

Sólo queda una retirada digna para no amargar el recuerdo del sabor de sus mejores platos.

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