En el cine cercano a mi casa he podido ver en una semana dos películas que al principio no me transmitían muchas vibraciones positivas, pero que mi amiga me animó a verlas después de ver los tráilers, algo que si están bien hechos, animan a verlos mejor que cualquier campaña publicitaria. Y si no, que se lo digan a los políticos.

La francesa Pastel de pera con lavanda es un título puesto por la distribuidora con calzador. Pensaron que Le goût des merveilles, traducido literalmente, no sería comprendido por el espectador medio, que vería en él una película pedante y cursi. Todo lo contrario. Trata de huir de los tópicos de cualquier comedia romántica, no presenta dos protagonistas guapos de gimnasio ni adorables, y la trama es cotidiana.

Una mujer viuda, Louise (Virginie Efira, “Un hombre de altura”), que lleva un negocio de frutas, en la Provenza francesa, atropella accidentalmente a un joven, Pierre (Benjamin Lavernhe), que se comporta de manera extraña. Le lleva a su casa a curarlo, y nace una amistad peculiar entre ambos. Poco a poco irá conociendo el pasado de él, y a otros muchos personajes.

El director, Éric Besnard, desconocido aquí, sabe lindar en el límite de lo que sería cursi, o como se filmaba en la década de 1960, sin pasarlo jamás, con pequeños detalles que dan un giro a la trama. Consiguee que Pierre, que padece síndrome de Asperger, nos identifiquemos con su manera peculiar de ver la vida, su gran memoria a lo Dustin Hoffman en Rain Man, pero a la vez, como en la vida misma, mostrar su lado oscuro, que es su personalidad difícil al menor problema.

Y ella, tampoco es adorable, Virginie Efira no aparece tan seductora como en Un hombre de altura, es creíble en su rol de mujer de campo, nada glamourosa, viuda con dos hijos, agobiada por graves problemas económicos.

Su visión de la Provenza y sus bonitos paisajes hace que se recree en ellos, pero jamás con esa presunta cursilería de la que le han acusado algunos críticos.

Por otro lado, La clase de esgrima, más seca y austera, como el cine hecho en el Norte de Europa, nos lleva a Estonia en 1952, antes ocupada por los alemanes y ahora por los soviéticos. Dirigida por el finlandés Klaus Härö, cuenta la real historia de Endel Nelis, que huye de la Policía secreta soviética por su pasado de estonio con los alemanes durante la II Guerra Mundial.

Llega a un pueblo, donde entrará a dar clases de esgrima en la escuela local. Los niños y niñas de allí aprenderán a ser notables esgrimistas, mientras los burócratas locales sospechan de él. Llegará a formar un equipo mixto de cuatro esgrimistas para ir a Leningrado y competir en un importante torneo.

Klaus Härö también sabe romper con las convenciones hollywoodienses, mostrando la lucha del protagonista contra su pasado y las autoridades que le persiguen sin caer en los tópicos de un Spielberg o un Zemeckis. Lo presenta de manera cotidiana, austera y sencilla, tanto en las clases con sus alumnos como en la competición de esgrima, la cual también aparece fuera de tópicos. Y la historia de amor de él con una chica del pueblo también es despojada de cursiladas, además de que el aspecto de ella es corriente, sin ser una top model, pero tampoco la bruja de Blancanieves.

Incluso los niños, absolutamente naturales y nada repelentes, consiguen unas interpretaciones sobresalientes, nada disneyanas. La ambientación y la opresión política de la época (Stalin gobernaba) también huyen de lo que Ronald Reagan deseaba ver en el Cine.

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