Se despidió del Cine en 2003 con Saraband, secuela de Secretos de un matrimonio,donde desmenuzaba dicha institución de manera implacable y lúcida. Para unos era un genio, que descubrió nuevos caminos en el Cine, y para otros, un pedante insoportable, que sólo sabía hablar de lo sórdido.

Woody Allen siempre le tuvo como su cineasta favorito, el que más le influyó en su estilo, aparte Federico Fellini. De cada uno tomó para su propia obra muchos detalles, adaptándolos a su estilo. Del segundo su humor absurdo y negro, del primero su visión pesimista de la vida.

Muchas veces se basaba en vivencias propias, como los malos tratos sufridos por su padre, Pastor de la Iglesia Luterana, que trataba a sus hijos como si fuera el jefe de un campo de concentración nazi, con castigos y humillaciones continuos.

El más común era, según contaba Bergman en su autobiografía La linterna mágica, atizarle con una vara hasta que se cansaba, y acto seguido, él le tenía que besar la mano, en señal de respeto absoluto y humillación a la vez. Por ello, su visión de la Religión fue cada vez más negativa. Le sirvió para crear el odioso padrastro de Fanny y Alexander, con la que ganó 4 Óscars, el cual humillaba al sensible niño Alexander, que se negó a auxiliarlo cuando el hombre agonizó y murió en un incendio.

Claro que su película más recordada es El séptimo sello, con aquella evocación de la Muerte en aquella tierra del Medievo tan genial, esa expresión entre impasible y sarcástica, diciéndole al Caballero (Max Von Sydow) que “Es lo que todos decís, pero yo no concedo prórrogas” cuando creía que alguien ya debía dejar este mundo y no quería.

Aunque los Óscar le llegarían con otras películas, todas excelentes.

Su estilo sobrio, pesimista y lúcido hay que entenderlo desde la cultura nórdica sueca, pero que no deja de ser universal. Fue un gran director de actores, como el citado Max Von Sydow, o dos actrices que estuvieron casadas con él, Ingrid Thulin o Liv Ullman.

Pero era en los dramas femeninos donde volcaba más su talento, consiguiendo grandes personajes para ellas y otras actrices.

Su influencia, aparte Allen, podemos encontrarla en Pedro Almodóvar, otro gran director de actrices, y cientos de cineastas que alguna vez mostraron su admiración por él. También había quienes no lo aguantaban, como otro maestro del Cine, Orson Welles, que decía de él: “No comparto sus gustos, sus inquietudes ni sus obsesiones.

Me es más extraño que un japonés”.

Como hoy en día ya casi no se hace el tipo de Cine que él filmaba, le costaría adaptarse al Cine actual. Claro que no quiere decir nada, tenemos al alemán Michael Haneke, que sería el Bergman actual, aunque mucho más frío que el sueco. Y aparte el gusto del público actual por la acción, que tienen que pasar cosas tremendas durante la película y demás, que hace que un austero drama amoroso o sobre la vida haga huir a quienes prefieren “el último baño de sangre de Hollywood”, como decía el siempre incisivo Michael Moore.

En sus películas, aunque fueran dramas duros y sin concesiones, siempre había algún momento para el humor. Un humor muy sueco, claro, nada que ver con una comedia de Jerry Lewis.

Ante tanto personaje vacío y hueco en el Cine actual americano, no sólo en las películas de acción, sino en los dramas, Bergman siempre prefería la gente con inquietudes, tanto intelectuales como existenciales. Yo también.

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