Dejando aún lado la Olimpiada, rechazada por la mitad de la población en Brasil, un país en recesión económica y sobretodo viviendo una crisis democrática y de instituciones muy fuerte, donde más del 80% de la población está en contra del gobierno interino de Temer. La película ofrece una cara redentora a través de la educación popular y las Artes. El film es la historia de un profesor de violín, Laertes, que después de no ser elegido en una audición para la orquesta sinfónica del estado, comienza a impartir clases en la favela de Heliópolis. El film se basa en la historia de Silvio Bacarelli que logró cambiar a finales de los 90 la historia de un instituto (actualmente Instituto Bacarelli).

Creó la sinfónica de Heliópolis sacando del gueto a toda una generación de hijos de la favela.

Es imposible no hablar bajo esta atmósfera, de films muy reconocidos como Central do Brasil (Walter Salles 1998), Ceudade de Deus (Fernando Meirelles 2002) , Carandiru (Hector Babenco, 2003) Todos estos films rezuman un hondo sentimiento de redención en medio de la exclusión. Existe una honda preocupación social, una lectura crítica de las condiciones de vida en Brasil y la evolución a través de la intervención de un elemento de salvación en los estratos más débiles de la sociedad. En Ciudade de Deus es el trabajo de fotógrafo, en Central do Brasil es la profesora retirada, interpretada por Fernanda Montenegro.

Existe un lazo de unión entre las labores humanistas y la educación para sacar del gueto.

Sergio Machado (Salvador de Bahía 1968) en El profesor de Violín, proyecta un sentido de transformación social en medio de la barbarie a través de un profesor de música. Ya no es la misma identidad que firmó Glauber Rocha “un pueblo pobre tiene que hacer un Cine pobre”, pero sí que se puede respirar una honda preocupación social.

Brasil sigue teniendo capas de población con desigualdades evidentes, y aunque en los últimos años se posibilitó una mejora de las clases más bajas, el film sigue hondado en los fantasmas de la exclusión.

La música tiene un peso importante en el film. En este caso los ritmos no son el samba, o la música popular brasileña, o los ritmos tántricos de las religiones animistas, es música clásica.

El guión, quizás precipitado en ciertos momentos, sobre todo al final, no hace desmerecer en demasía al film. La acuarela de la ciudad de São Paolo, desde los barrios altos con sus vistas hermosas de la ciudad, como los laberintos de las favelas, son imágenes potentes y bellas de la película con las que trabaja el director. Un contraste que también surge con la contraposición visual de la violencia de las calles, frente a las melodias de los instrumentos de cuerda bajo las notas de Bach o Vivaldi.

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