Por las noches, casi todas las noches, me escapaba a la montaña.

Teníamos órdenes de permanecer en el campamento hasta el amanecer.

Haciendo caso omiso de la orden me las arreglaba cada atardecer para burlar la guardia e ir al encuentro de mi amado.

Aún a riesgo de ser pisoteado por los caballos, me arrastraba entre sus patas para burlar la vigilancia.

Una vez atravesada la línea del campamento, me adentraba en un bosque de árboles que nunca había visto en España. Un bosque tan espeso, que incluso durante el día, nadie se atrevía a entrar en él. La maleza crecía tan rápidamente que ocultaba toda huella.

Al amanecer, en mi vuelta, corría el riesgo de perderme y no encontrar el camino al campamento.

En este bosque nunca era de día. Era tal la espesura que los rayos del Sol luchaban con las ramas para llegar a la tierra y nunca lo conseguían. La oscuridad era total. Un mundo de tinieblas, por el que era muy difícil, por no decir imposible, caminar sin perderse.

Cuando corría a través de él, con el pánico que produce el terror desconocido, en más de una ocasión creí ver unos ojos rojos que me observaban en mi frenética carrera. Unos ojos como rubíes. Ojos que iluminaban de púrpura el camino trazado anteriormente. Gracias a ellos podía guiarme en tal oscuridad.

Corría porque había apurado el tiempo con Edahi de tal manera que la única forma de llegar antes del amanecer al campamento era casi volar entre los árboles que me separaban de mi querido amigo.

Me ayudaba de las lianas que colgaban del cielo y atravesaba el bosque en poco tiempo.

En una ocasión fallé en el, salto de una liana a otra y caí sobre una alfombra verde.

De repente un animal salvaje se avalanzó sobre mí, mordiéndome en el cuello, noté la sangre caliente derramándose sobre mí. Intenté luchar con todas mis fuerzas, pero no pude librarme del abrazo del feroz enemigo, poco a poco noté flaquear mis fuerzas, la vista se me nubló y sólo pude distinguir el un haz de luz roja que parecía salir del animal.

Perdí el sentido.

Cuando mis ojos volvieron a abrirse lo primero que vi fue la lujuriosa mirada del Padre Alberto. Mientras sujetaba con la mano derecha un crucifijo pegado a mi cara y mientras con la izquierda, disimuladamente me tocaba la entrepierna, rezaba y exortaba como si yo estuviera poseído.

Mucho tiempo después me enteré que lo que hacía era una especie de exorcismo.

Me contaron que estuve varios días y varias noches delirando y gritando palabras extrañas como en una lengua extranjera no conocida. El padre Alberto lo interpretó como una posesión diabólica y se propuso exocisarme.

El Padre Alberto acercó su boca lasciva hacia mi oído izquierdo para susrrarme: _.Serás mío aunque tenga que recurrir a Satam.

Entonces vi su yugular palpitar y no pude contener el impulso de morderla y absorber su sangre……

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