El retoque fotográfico ya no convence ni en los medios publicitarios. Convertir una talla 38 en una 34,disimular curvas,... ya no gusta ni a las famosas que se quejan de tales prácticas. Actrices como Inma Cuesta, Natalia de Molina o la cantante americana Zendaya no han ocultado su disgusto mostrando las imágenes de antes y después de la sesión, en las redes sociales.

Pero cuando hablamos de la fotografía documental, entonces, ya no es cuestión de gustos, sino de ética.

Dejamos a un lado la verdad para transformarla en una realidad a la carta. Es cierto que la manipulación existe desde que comenzó la historia de la fotografía. Con Stalin se borró a Trotsky para intentar eliminar su figura de la historia gráfica. Desde Lincoln hasta nuestros días, pasando por el régimen nazi, el comunismo chino,... se han ayudado de estas herramientas para su distintos intereses. Y el último escándalo lo protagoniza Steve McCurry, una leyenda de la fotografía documental y autor de una de las portadas más emblemáticas del National Geographic: La niña afgana, de cuyos ojos verdes y penetrantes nadie podía escapar. Pero, después de este descubrimiento, ¿podremos seguir creyendo si son realmente verdes?

Sedescubre la trampa

El pasado marzo, The New York Times publicaba un artículo (“Una foto demasiado perfecta”) del crítico Teju Cole en el que se acusaba a McCurry de que sus imágenes eran demasiado perfectas. Unos días después, un fotógrafo italiano, Paolo Viglione, destapaba, a partir de una exposición de McCurry sobre Cuba, el uso del Photoshop en una señal de tráfico con el que burdamente separaba un trozo.

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Arte

Lo difundió en su blog. A partir de este momento, otros curiosos comenzaron a rastrear en la web del fotógrafo, donde ha recopilado, digitalizado y colgado los 40 años de su vida profesional.

La investigación sacó a la luz varias imágenes realizadas en distintos lugares y fechas en las que se podía ver una gran diferencia entre las instantáneas y las publicadas en sus libros. El autor, así como la agencia Magnum donde trabajó, se han apresurado a retirar esas fotografías de la red.

Ante este panorama, el propio McCurry acusó a su asistente y le despidió, argumentando que él no tiene tantos conocimientos. Después, en una entrevista en Time, aseguró: "Yo no soy un fotoperiodista sino un contador de historias”, lo que parecía una justificación al retoque ante las críticas e indignación de sus compañeros de profesión. Para zanjar el tema, aseguró que iba a limitar el uso del Photoshop.

Quizás fuera un reconocimiento tácito. Esta semana, inauguró una exposición en Montreal, donde tampoco sus respuestas resultaron concluyentes ante las preguntas de los periodistas sobre las acusaciones de manipulación: "Yo creo que Photoshop no puede quitar o poner cosas, sólo debe usarse para corregir el color. Obviamente todo el mundo lo hace".

Otros casos similares

Steve McCurry no es el único, si bien a otros su ilícito proceder le ha conllevado unas consecuencias más nefastas.

Es el caso del mexicano Narciso Contreras, despedido de Asociated Press y que vio cómo le despojaban del Pulitzer por eliminaruna cámara en su foto a un soldado sirio.

El debate y la pregunta que se abre es, ¿dónde están los límites del Photoshop en la fotografía documental? ¿Sólo sería justificable la corrección del color?¿Es manipulación potenciar detalles, que sin retoque, quedarían ocultos? El fotoperiodismo debería ser mero testigo de la realidad y no convertirse en la realidad virtual creada por ordenador.

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