Escucha. Suenan cánticos en árabe, de júbilo. ¿O son de desesperación? Son los mismos con los que se alcanza la tierra prometida cuando aún no se sabe que eran promesas hechas en el aire. Los que salen del mar cuando se sobrevive.

De escucha. Esa es la actitud con la que se debe entrar en la sala. Aunque casi nunca se tiene. No en la llegada. Se entra con prejuicios. ¿Quién no los tiene? Con la cabeza llena de falacias. Yel corazón lleno de capas. Pero no hay de qué preocuparse. Se encargarán de hacerte reaccionar.

Desde el escenario atentarán contra tus creencias no críticas. Eso sí. No esperarán ni a la mitad del espectáculo. A los diez minutos, ya estarás entregado a la historia.

Yael Alón (Alicia Borrachro), una antigua azafata israelí, se enfrenta a Hassan El-Fawzi (Abdelatif Hwidar), el hombre que quiso matarla 22 años atrás y que, si bien no lo logró con ella, sí con su amiga. La mujer visita en la cárcel al terrorista que hace dos décadas atentó contra ella y un grupo de pasajeros. Él está desde entonces en una cárcel de Londres cumpliendo cadena perpetua.

Ella lucha contra los miedos que aprendió aquel día y propaga, con fervor desde entonces, gritos de paz. Un tiempo en el que se ha casado y ha tenido dos hijas. Su marido (Tristán Ulloa), su padre (Juan Calot), el abogado del terrorista (Hamid Krim) y la madre (Malena Gutiérrez) de la amiga asesinada completan el macabro juego de, más que reproches, búsqueda de respuestas.

De esta historia, basada en hechos reales, parte la obra de Teatro ‘Tierra del fuego’, escrita por Mario Diament y dirigida por Claudio Tolcachir.

Recorre lo que se ha denominado el conflicto palestino-israelí, pero es extrapolable no solo a casi cualquier lucha internacional, sino también a los dramas personalesen los que no se escucha a quien se tiene enfrente. Porque esta es, precisamente, una historia “de escucha”. Lo asegura el director y lo ratifica Hwidar. “Es dar la oportunidad de escuchar y darse la oportunidad de ser escuchado”, apunta el actor. “Es la condición necesaria para iniciar un diálogo y comenzar a esbozar la paz”, destacael equipo.

Es la única posibilidad parasuperar los prejuicios. “Incluso han venido espectadores muy de derecha, que ante la palabra terrorismo ya tenían una especie de predisposición. También ellos, al final de la obra, terminan desmantelados. El texto humaniza todas las partes”, añade Hwidar, quien explica que esa intención también se ha trabajado en la evolución de su personaje. “El propio texto parte de sitios muy alejados para ir acercándose”.

Hwidar da vida a ese terrorista al queel público llega dispuesto a odiar, para pronto pasar a analizarlo bajo el filtro de laempatía.

Una de las claves de esta obra es que no juzga, no da la opción a que valoremos desde arraigados y caducos convencimientos. Sino que aboga por el bien y el mal no de manera superlativa, sino como consecuencia de un odio aprendido.“La gente entiende que es una historia de seres humanos. La situación en Israel y Palestina es un problema muy complejo, pero al fin y al cabo es una historia sobre personas”, destaca Hwidar. "Hay intereses con difícil arreglo; ya que hablan del conflicto palestino-israelí cuando no es un conflicto, sinoun país oprimiendo a otro.La paz depende de uno, no depende de los dos.

Con devolver a Palestina lo que la ONU le prometió bastaría, pero Israel quiere colonizar", agrega.

Hasta el 5 de junio, se puede disfrutar de 'Tierra del Fuego' en el Matadero, en Madrid. A partir de septiembre iniciarán una gira por ciudades como Bilbao o Zaragoza. En definitiva, un texto exquisito; unos actores entregados y una puesta en escena magistral. Una obra imperdibleno solo para ver, sino sobre todo para sentir, reforzar la actitud crítica y, por supuesto, aprender a escuchar.

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