El otro día, TVE-2 emitió la excelente película alemana “Hanna Arendt”, que contaba cómo la famosa filósofa judeo-alemana vio, saliéndose valientemente de maniqueísmos, de por que un asesino de masas como Adolf Eichmann actuó como actuó al exterminar a cientos de miles de judíos sin mostrar remordimiento alguno ("Cumplía órdenes”, repetía siempre). Ella lo definió como “La banalidad del mal”, al ver que Eichmann no era ningún “genio del mal”, sino un mediocre funcionario.

Nos llegó hace pocos días “El caso Fritz Bauer”, que cuenta el mismo caso pero en sus orígenes, lo que ocurrió antes, y desde la misma Alemania (“Hanna Arendt” lo veía desde EE.UU.

e Israel). El Fiscal General del Estado alemán de Hesse, Fritz Bauer (magnífico Burghart Klaubner), intenta suicidarse, pero al salir del hospital, quiere seguir con su trabajo y descubre que ha desaparecido el dossier del caso Schneider, uno de los que podrían llevar a criminales nazis que consiguieron evitar ser condenados.

Bauer está separado de su mujer, pero esconde secretos inconfesables en aquella época, como que era homosexual. Por ello se casó con ella, para evitar ir a la cárcel, pues la homosexualidad todavía era delito grave. De vez en cuando gira su interés a capturar a Adolf Eichmann, del cual le llegan cartas desde Argentina revelando que vive allí con nombre falso.

Mientras, habrá intrigas desde las altas esferas, incluida la Judicial, para desbancar a Bauer, ya que él quiere investigar a un alto cargo del Gobierno del Canciller Adenauer, quien consiguió reconstruir Alemania después de la guerra.

Y eso no interesa que pase ni al Gobierno, ni a EE.UU., que tiene a Adenauer como aliado fiel.

No por que la Alemania de entonces quisiera ignorar el Holocausto,sino pasar página y cerrar heridas lo más pronto posible. Algo que Bauer, judío alemán y socialista, se niega a olvidar, aunque actúa con educación.

Bauer viajará a Israel, donde contactará con el Mossad, el Servicio Secreto israelí, y después de varios viajes, conseguirá la palabra de ellos para capturar a Eichmann en Buenos Aires, traerlo y juzgarlo.

Todo es filmado con la precisión de un thriller político, con una gran ambientación de la época, y con personajes secundarios que dan brillo a la trama, algunos ficticios, como el Fiscal Angermann.

Las caracterizaciones, muy conseguidas, sobre todo la de Bauer, que recuerda ligeramente a otro judío alemán, Henry Kissinger, teniendo en cuenta cual era el cánon de belleza alemán de entonces, donde la mayoría de hombres todavía eran feos, rudos y gordos, salvo excepciones, como Angermann, que se parece mucho a Pedro Sánchez, aunque el líder del PSOE no es tan ancho de hombros.

Algunas críticas dicen que la trama de la homosexualidad del protagonista distrae del auténtico propósito de la película, el mostrar cómo Alemania condenaba el nazismo pero sólo de boquilla, pero había que mostrar otras dictaduras contra las que Bauer luchaba como podía, lo que hoy se reconoce en Occidente sin problemas.

Así se muestra cómo era la personalidad de alguien que hoy en día es visto como un héroe por capturar a un asesino. Pero como a mucha gente buena, se le reconoció después de muerto.

El Cine alemán sigue, admirablemente examinando su Historia, incluida la más vergonzosa con autocrítica suficiente y sin maniqueísmos. Sea en ficción (“Goody Bye, Lenin”, “La vida de los otros”) o realidad (“El hundimiento”, “La conspiración de silencio”).

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