Tan feo, caótico y sentimental como siempre. Precedente estético de los "hipsters". Bohemio de los de antes. Y eso era quizá lo que esperaron muchos la noche del pasado viernes, cuando quisieron sumarse a la noche de Max Estrella y celebrar con él que el Teatro no ha muerto ni morirá nunca, aunque a veces sea grotesca la deformación de la realidad y lo convexo y lo cóncavo vengan a ser lo mismo, pero desde diferente perspectiva.

Valle Inclán regresó a Madrid, para acompañar a su mítico personaje de 'Luces de bohemia' por las calles de la capital de un reino en el que Valle-Inclán hubiera tenido mucha baza que meter. De los cien días sin gobierno hubiese hablado seguro con Rubén Darío antes o después de pasearse por el Callejón del gato.

Pero el caso es que lo que se anunció como "concentración de bohemios ante Casa Ciriaco", lo que se estimabauna noche romántica de desvelos literarios, se convirtió en una masificación de "groupies" literarios (o más bien, no tan literarios).

Vamos, que la noche de los teatros murió de éxito, sin saber si era aquello algo bueno o algo malo. Pero Valle Inclán estuvo allí. Eso seguro.

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