En Comala, lo que uno descubre no es siempre que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver; hay veces que lo que enseña Juan Rulfo es precisamente a regresar allá donde uno se ha sentido grande. Quizá por eso, en cada noche de memoria, estos artistas se arman con su maleta, un maquillaje que no apaga su risa, sus deseos y sus ansias, y regresan para recrear el espacio y el ambiente en el que un día se sintieron felices.

No quieren dejar pasar lo que un día llamó a sus puertas. Es más, quieren  compartir esa felicidad con su público: hacer una fiesta.

Joaquín Sabina, el clásico, el aventurero, el marqués de Bradomín feo, caótico y sentimental; el contador de historias, el sumador de versos, el arrogante, el deseado, el primitivo, el culto; el del Madrid menos castizo y a la vez más auténtico. Sabina, el del bombín y los versos que son himnos, regresa una vez al mes a los clubes de Madrid; vuelve cada fin de semana, viernes y sábados, a las rutas de carretera.

Joaquín Sabina, y mira que tiene años, aún despierta deseos y ensoñaciones a los dos lados del charco, de ese charco inmenso que se une con la misma pasión sabinera.

Pero Sabina no regresa en cuerpo, sino en marca, en hito y mito, en historia viva de la Música en español. Se hacen llamar la “Noche sabinera”, y el formato es el siguiente: son la banda de Sabina, sus músicos, su gente, y cantan las canciones del cantautor, pero sin él.

Estos conciertos con el espíritu del músico y su marca, pero sin su presencia, cumplen una década sobre los escenarios, pero su popularidad ha renacido con la incorporación al plantel de músicos de la última corista de Sabina, Mara Barros, quien sustituyó a Olga Román hace siete años.

Todo comenzó el 29 de junio de 2006, en Barcelona, cuando imitando a los Rolling Stones, Pancho Varona ofreció un concierto en el Zac Club sin Sabina, pero con la implicación de un público entregado.

Con los años fueron puliendo el espectáculo. El último bolo en Madrid fue el pasado viernes 18 de marzo, en uno de los lugares de la capital con más historia musical en su escenario: la sala Galileo Galilei.

En los próximos meses, y para celebrar estos diez años, tienen una gira por España (Vitoria, Palma de Mallorca, Albacete, Pontevedra, Valencia, Barcelona, y muchos más), a la que se le suma paradas en el Festival Cultural Zacatecas, en México, y una gira de casi un mes por Argentina, donde tienen un público muy fiel.

Componen la banda los músicos de Sabina, alma de sus conciertos, coautores en muchos de los temas, y creadores de su música: Antonio García de Diego y Pancho Varona. Dos clásicos. Se suma a ellos Mara Barros, que es quien, con su voz grave y una potencia que se adhiere a las entrañas, más aplausos levanta entre el público, que se pone de pie ante los giros musicales de sus intervenciones. Completan la banda Jaime Asúa, José Antonio Romero y Paco Beneyto.

La primera parte del espectáculo se desarrolla con el formato clásico de un concierto: los músicos cantan y el público los envuelve con arraigo y emoción.

Marca sabinera pero con giros en las canciones y más marcha. Pero la segunda parte es algo así como un: “Siéntete Joaquín Sabina por una noche”. Cinco o seis personas del público, previamente inscritas, pueden subir a cantar una canción del músico, acompañados de su banda. Tras los artistas espontáneos, “los valientes”, se realiza una votación para decidir quién es el Sabina de la noche, el cual como premio se lleva el bombín del andaluz que se bajó en Atocha. En definitiva, la “noche Sabinera” es una interesante oportunidad para impregnarte del espíritu del músico, aunque él no esté.

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