Eres héroe o villano, pero jamás ambos (así lo prescribe nuestra lógica, heredada, como sabemos, de Aristóteles). Ya sea por convicción o simple fatalidad del destino, actuamos de acuerdo a la moral imperante o, por el contrario, intentamos destruirla para complacer nuestros propios deseos. Supuestamente nunca somos “buenos” o “malos” al mismo tiempo. De tal modo, todos podemos recordar la célebre frase del personaje Harvey Dent, fiscal de distrito en Gotham City, durante su dramática participación en The Dark Knight: "Mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte el villano".

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Sí, bajo dicha sentencia nuestros héroes viven destinados a seguir un camino inevitable: actuar de acuerdo con una ética intachable, procurando distinguirse del villano en ideología y acciones. Por ello, tanto Marvel como DC han procurado traer a la pantalla grande distintos personajes que deberían ser el ejemplo de toda una sociedad. En The Man of Steel, Clark Kent se niega a cometer asesinato hasta que resulta necesario con tal de salvar un mayor número de vidas; en la cinta ya mencionada del vigilante nocturno, Bruce Wayne elige manchar su propia reputación para salvar la imagen del político que luchó por limpiar a ciudad Gótica de una manera no clandestina e ilegal y que fue transformado en un monstruo.

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Vaya, ni siquiera mencionemos al Capitán América, un hombre que sólo desea hacer lo mejor, y lo más correcto, para Estados Unidos.

En fin, la lista puede continuar y en este caso no tiene ningún sentido detenernos en ello. Sin embargo, los referentes eran necesarios para evidenciar la notable (valga tanta redundancia) hazaña del primer héroe que ama las chimichangas: mostrarse tan humano como debe ser, con manías y obsesiones, momentos de ira y deseo, pero también con motivaciones sinceras e inocentes, como el amor.

Deadpool, en pocas palabras, no es el típico superhéroe que nos han pintado tantas veces durante los últimos años, donde el “bueno” siempre hace lo correcto en todo momento y parece no sentir las emociones más bajas del ser humano; no, él actúa de acuerdo a sus propias motivaciones, sin limitarse a la moral imperante. Precisamente, he ahí el mayor mérito de su reciente (y casi inesperada) aparición en el cine, proyecto donde participó nuestro buen amigo Ryan Reynolds, en una de sus mejores actuaciones.

Llama la atención, por supuesto, el excelente trabajo que realizaron con la Animación del personaje: los movimientos son tan realistas que uno pensaría: "Vaya, Reynolds por fin aprendió artes marciales". Y, del mismo modo, la manera en que transcurre la historia: el espectador se adentra lentamente en el obscuro pasado del protagonista, conociendo algunos aspectos de su personalidad y de su vida, detalles con los cuales uno casi puede identificarse (excepto cuando él toma el papel femenino durante la relación sexual, claro).

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Con un contenido rebosante de humor y situaciones chuscas, combinadas con momentos de tensión y violencia extrema (una novedad dentro del universo mutante), no debe sorprendernos un hecho interesante: a la fecha, Deadpool es una película que ha recaudado más de 600 millones de dólares en todo el mundo, cifra que supera por mucho su escasa inversión de aproximadamente 50 millones. Y dicho sea de paso, es natural teniendo en cuenta que uno puede ver la cinta en repetidas ocasiones y seguir riendo con los gestos del peculiar héroe.

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Ampliamente recomendable.

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