Tras el registro de la flamante patente, Kennard centró sus esfuerzos en crear la empresa desde la que que serían distribuidos los nuevos tableros. Esto sucedía en el año 1890. Ahora, el enigmático “juguete” era menos secreto y un poco más accesible al gran público, e iba a facilitar mucho las cosas para que su utilización acabase por difundirse entre muchísima más gente que antes. Desconocemos el dato de si el propio Kennard sabía que estaba poniendo en manos de todo el mundo una auténtica bomba de relojería de una sencillez de uso aplastante y accesible, a partir de entonces, para muchísimas más personas.

Y así llegamos a nuestros días.

Mucho más precisas que el enigmático origen de la ouija son, sin duda, las consecuencias que puede acarrear su uso a la ligera e indiscriminado. Aun entre los experimentadores más veteranos, en ocasiones, se producen situaciones que pueden acabar generando serios problemas. Cuando uno se asoma con cierta curiosidad a lo que dicen los más “entendidos”, o los “expertos” –si es que realmente los hay en este tema– no tardará en hallar algunos consejos que –es comprobable– se encuentran reproducidos una y otra vez, hasta la saciedad, en páginas, blogs y foros de Internet. Un resumen o compendio de esta especie de “guía de seguridad de la ouija” vendría a ser más o menos lo que sigue: la ouija sólo debe ser utilizada por personas que no estén bajo depresión, que sean psicológicamente estables, que no se encuentren en situaciones sentimentales que las hagan más vulnerables, y que no participen en estas sesiones personas con creencias religiosas o espirituales.

Se recomienda del mismo modo, además, que el experimentador no crea a pies juntillas las posibles respuestas del tablero.

Es, repito, un compendio general. No todos estos consejos aparecen entre la lista de recomendaciones de los experimentadores, y probablemente tampoco he recogido aquí todos esos consejos, por lo que puede ser un factor siempre supeditado al criterio del usuario.

Del mismo modo, también se han establecido tres tipos –generales– de usuario, o tres divisiones, que contemplan los perfiles de quienes se acercan a esta clase de experiencias: los que lo hacen simplemente por curiosidad, los que andan buscando alguna clase de “contacto” con “algo o alguien” y, finalmente, los que intentan explorar o investigar con la tabla.

Pero en muchas ocasiones lo más temible son los resultados de tales experiencias. Y eso ya no son leyendas.

Agárrese, mi querido lector, porque vienen curvas: se ha achacado a estas experiencias el derrumbamiento de una vieja casa en 2007. Como resultado de ello, dos jóvenes fallecieron bajo los escombros mientras practicaban la ouija.

En otra ocasión, un joven perdió por completo la razón, para acabar deambulando por las calles, mientras que un amigo suyo falleció en un incendio. Ambos habían participado en la misma sesión de ouija.

Una joven murió, en la fecha y por el motivo vaticinado por la ouija en una sesión en la que la víctima preguntó al respecto, en el año 2000.

Una niña que había participado en una sesión de ouija murió, tras meses de sufrimiento después de la experiencia, sin razón aparente en Madrid, 1990…

La lista es larga; puede usted consultar muchos de estos casos en Internet y ampliar información.

¿Casualidad, sugestión, coincidencias imposibles, leyendas, paranoias de gente fácilmente impresionable? particularmente, yo no puedo recomendarle el uso de este artilugio.

Usted decide, querido lector. Suyo, sólo suyo, será el cargo de conciencia si algo sucede…

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