¿Quién no ha oído hablar alguna vez de la ouija? El tablero compuesto por las letras del abecedario, numerado del 0 al 9 y que incorpora las palabras “Sí” o “No” y otros vocablos como “Hola” y “Adiós” destinados a agilizar la comunicación con… ¿con quién, o con qué?

Ahí acaban todas nuestras certezas, y quien diga lo contrario que lo pruebe. Y no es una leyenda, pero poco más sabemos a ciencia cierta, a pesar de las teorías personales de cada cual, normalmente basadas en especulaciones o en la fe, puesto que ni siquiera las respuestas obtenidas a muchas preguntas han sido fiables o debidamente contrastables. Sigue siendo un #Secreto.

Su origen se pierde en la noche de los tiempos y es impreciso. En una remota región de China, hacia el año 1200 a. C. fue hallado un “tablero” que algunos han comparado con la ouija por su similitud, aunque no existe realmente nada que lo confirme. En opinión de Charles W. Kennard, uno de los titulares que patentaría el conocido tablero, el término “ouija” tendría su origen en una antigua palabra de origen egipcio, cuyo significado vendría a ser “mala suerte”; aunque también hay quienes afirman que “ouija” deriva simplemente de la afirmación “sí” en dos idiomas, y que fue una invención de Kennard con vistas a popularizar la patente y aumentar las ventas. Curiosamente, además, se dice que hasta el mismísimo Pitágoras, en el año 540 a. C. se servía de algo muy similar a la ouija de hoy para obtener algunas “revelaciones”.

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Sea como fuere, lo cierto es que a finales del siglo XIX occidente había sido dulcemente seducido por la “moda” espiritista, y el #Misterio caló con fuerza tanto a nivel popular como entre la sociedad más adinerada, llegando a ponerse de moda muchas prácticas relacionadas íntimamente con la esta tendencia.

Pero en nuestra sociedad, siempre ávida por enriquecerse y embarcada en una constante carrera por generar dinero, hubo también quien pensó que la venta del tablero de leyenda podría resultar un gran negocio; de ese modo nacería, el 28 de mayo de 1890 la patente que, debidamente anotada en el registro, declaraba al citado Charles W. Kennard y a William H. A. Maupin como titulares, y a Elijah J. Bond como el “inventor” de aquel, por primera vez, considerado “juego”.

Pero no nos llamemos a error. Ni los titulares de la patente ni Elijah J. Bond “inventaron” nada; en la práctica, se limitaron a “normalizar” un tablero basado en un conocimiento que no comprendían –y que nadie comprende aún– pero que funcionaba a la perfección.

O adaptaron a su “invento” una de aquellas “tablas parlantes” –también conocidas en la época como “planchettes”– consideradas como un instrumento para comunicarse con seres fallecidos que ya eran sobradamente conocidas tanto en Europa como en tierras americanas. Y a continuación dieron inicio a los trámites para su comercialización y lo pusieron a la venta… como un juego.

¿Facilitó que la “ouija” quedase más cerca de todos, incluidos los niños? Probablemente así fue, pero eso entrañaba unos peligros muy reales que veremos en el próximo artículo. #Leyendas