De las candidatas al Oscar que he visto, ninguna me parece merecedora de galardón. Sin ver Mad Max, pero por descarte y por transgredir un poco, espero que se lleve el gran premio. Aunque probablemente la Academia vuelva a premiar, a ese infinito ego viviente que se hace llamar Iñárritu. Quizás, la que debería llevarse el reconocimiento sea una de las que han quedado descartadas (con polémica): Carol.

El renacido (The Revenant) es un film que divide a los seguidores y a los críticos del cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu.

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Desgraciadamente para sus aduladores, esta crítica es negativa. El principal problema del film de Iñárritu es, como en toda su filmografía, que Iñárritu es más importante que la película. A lo largo del metraje no hay un plano que no exude pretenciosidad y egocentrismo, dejando de lado a la historia y al personaje, logrando un film tan frío y distante como falso y tramposo. Lo peor no es la pomposidad de alguien que tiene la seguridad de creerse hacedor de una obra magna.

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Lo peor es que para lograr tan vacua hazaña, Iñárritu se sirve de tópicos y del trabajo hecho por otros, pensándose que impregnando en cada fotograma imágenes de la introspección épica universalmente (re)conocidas, su film, estéril y plano, logrará la codiciada profundidad psicológica y emocional de Tarkovsky o Malick. En lugar de tomar a estos cineastas como referencia y preocuparse por su historia y el desarrollo de sus personajes, Iñárritu se ciñe al calco grueso.

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Televisión

Que un cineasta que ha sido encumbrado película tras película no sea capaz de ofrecer un punto de vista personal a una historia que tampoco es novedosa es, sencillamente, desolador. Las ansias de grandeza hacen que el personaje de DiCaprio (una pena que pueda recibir el Oscar por este papel tan falto de matices) u otras historias (el indio en busca de su hija) no sean más que peones de la espectacularidad y un dramatismo forzado cuyos engranajes, por muy correctamente que funcionen, solo son capaces de construir un chascarrillo.

Al fin y al cabo todo es cuestión de trabajar el punto de vista, y aquí el único que ve (dónde nada hay) es Iñárritu.

Todo lo contrario es el film de Todd Haynes, Carol, un trabajo hecho con detalle y delicadeza, donde el director dispone la puesta en escena para que sean los personajes, su historia y su interior, lo que llegué al espectador. Si comparamos este film con Spotlight, volvemos a apreciar cuando un director es un cineasta o un mero realizador.

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En ambas películas los directores se “quitan de en medio”, pero en la de McCarthy la puesta en escena está cercana al telefilm, correcta y sin estilo.

En cambio, el tratamiento de Haynes para Carol, como el personalizar el punto de vista de ambas amantes y sus sentimientos enclaustrados, detrás de las ventanas, siendo su presencia un reflejo de sí antes que ellas mismas, da cuenta de un trabajo de puesta en escena exquisito, donde el cineasta, demuestra su personalidad y saber hacer, colocando la cámara más allá del lugar adecuado logrando expresar lo inexpresable, sin ponerse nunca por encima de su película.

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En Carol, lo importante no es llegar lejos, no es hacer de un guión sencillo algo épico, sino algo profundo. Carol logra mostrar la naturaleza humana sin perderse por verederas en el bosque como hace Iñárritu, que aunque logre bellas imágenes, nunca serán tan pregnantes como cuando Carol posa su mano sobre el hombro de Therese y ésta lo siente como si hubiera tocado su corazón.

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