Cuando Anomalisa (Charlie Kaufman y Duke Johnson, 2015) lleva aproximadamente veinte minutos y su protagonista tiene una aparentemente banal conversación por teléfono con la recepción del hotel, me temo lo peor. Hasta ese punto su animación, mucho más realista la mayoría de películas norteamericanas contemporáneas saturadas de efectos especiales, me ha mantenido atrapado a la pantalla. Pero llegado a ese momento al film se le pide mucho más, y éste lo da.

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El motivador personal que lo protagoniza no tiene motivación alguna. Llega del avión y va directamente al hotel a esperar a que llegue el día siguiente para dar una conferencia y volver así a su casa para seguir con su monótona vida. Entre el tedio y el aburrimiento, intentando despertar una antigua llama que guarda en su interior, llama a su ex, a la que un día dejó plantada sin dejar señales de vida.

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Ésta, a regañadientes, decide aceptar tomar algo con él en el hotel. Por supuesto, la cita saldrá mal y nuestro motivador personal se hundirá todavía más en su miseria. Las situaciones y las conversaciones a las que vamos atendiendo hasta este punto de inflexión nos parecen tan habituales como vividas, como si ese personaje fuésemos, fuimos, o quizás seremos, nosotros mismos. Algo extraño resuena en ese momento, y es que todas las voces parecen sonar igual, y todas las caras (menos la del protagonista) parecen ser las mismas con diferentes ropas o peinados.

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Pero la imposibilidad de ese hecho en una animación que trabaja con detalle su realismo nos deja las dudas. Pero ahí comienza la anomalía.

Cuando se encuentra en el baño, Michael Stone (atención a su apellido), así se llama este (des)motivador personal, escucha una extraña voz que le llama. La casualidad, o destino, le hace conocer a un par de chicas, fans suyas que van a asistir a su conferencia, con quienes pasa la noche.

Después de tomar unas copas, terminará con Lisa en su habitación. Al contrario que el resto de persona(je)s que se encuentra, Lisa tiene una personalidad, una voz y una imagen propias. Toda una novedad para Michael, siempre de piedra ante su entorno. Esto le hará fantasear con una nueva vida a su lado. Pero cuando la conozca mejor a lo largo de una larga noche de conversaciones y sexo, Lisa se irá perdiendo su identidad, se irá volviendo como los demás seres que rodean a Michael y éste no podrá aceptar más que la triste realidad de un mundo donde cada día que pasa nuestra identidad, nuestro amor y nuestra soledad se despeñan con mayor dolor y locura.

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Es difícil escribir sobre Anomalisa. Su mensaje se oculta en unas imágenes bañadas con la cotidianeidad, lo superfluo y lo preconcebido. Pero es que si esto no fuera así, si la historia de Michael de chico conoce a chica con la que engaña a su mujer para terminar redimiéndose no fuera así, todo la profundidad psicológica y racionalista que guarda el film detrás de las máscaras de Michael, éste no tendría sentido ni valor.

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Anomalisa logra que las emociones y los sentimientos humanos que hoy están en el filo de la navaja, se expongan al espectador de una forma de apariencia sencilla, sin convertirlo en una simpleza. Y lograr esto no es fácil. Algún crítico ha mencionado a Bergman en referencia al film, y es que si Bergman estuviese entre nosotros, nos habría brindado algo parecido. Una pequeña obra maestra, signo de los tiempos, cuyo esfuerzo de visionado merece la pena para romper la careta que nos hemos autoimpuesto, pintada con la melancolía y el desasosiego.

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