Cuatro nominaciones al Oscar convencen a cualquier espectador para ver la película que las tenga, sobre todo antes de que la gala se celebre, por aquello de que tal vez no gane los premios a los que opta y el nivel de deseo de descubrir los motivos de sus nominaciones quede rebajado a simple curiosidad sin prisas cuando la Academia no se decida a premiarla.

Es el caso de Room, mal traducida en España como La habitación, no porque no sea literal sino porque su título contiene buena parte de la intención de la película, la cual no es otra que acercarnos a la mente de un niño de cinco años. Cuenta con nominaciones a mejor película, mejor director para Lenny Abrahamson, mejor actriz, Brie Larson y mejor guion adaptado.

Y claramente le falta una más: mejor actor secundario, o protagonista, que a veces la línea que separa las categorías es demasiado fina, para Jacob Tremblay, el pequeño que se torna dueño del relato

Resulta llamativo que, pese a lo estupenda que está Brie Larson en el film, una buena candidata a ganar el Oscar para el que es favorita, aunque no sea la mejor de las contendientes, el que más brille en la cinta todavía no haya cumplido los diez años y en la ficción de La habitación no tenga más de cinco. 

Jacob Tremblay estremece. La película está contada desde su punto de vista y eso la hace más dolorosa, porque el niño, que se ha pasado su corta vida entre las cuatro paredes del recinto que da título a este trabajo, no conoce otro día a día que no sea despertar al lado de su madre y temer la entrada, la llegada, del señor que no los deja salir de allí. Y es asombroso observar su mirada ante todo lo que le ocurre, sus deducciones ante aquello que desconoce, su dulzura entre tanta hostilidad.

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Normalmente el #Cine con niños suele estar destinado también a ellos, pero en esta ocasión no se trata de una cinta infantil, es más bien un film adulto sobre las consecuencias de una experiencia por la que ningún ser humano debería pasar jamás. Cine adulto con trazas de la psicología de alguien que se ha visto forzado a crecer de repente pero que aún así mantiene muy presente la inocencia que implica su escasa edad. Por lo tanto si un esfuerzo semejante, que resulta ser un espectáculo, no merece una nominación al Oscar, es complicado saber a qué atenerse con la dorada estatuilla.

Quien piense que un niño no puede ser candidato al Oscar, que recuerde que Tatum O´Neal lo ganó con 10 años por la estupenda Luna de papel en 1973, o la entonces principiante Anna Paquin subió a recogerlo por El piano cuando solo tenía un año más y competía contra la gran Emma Thompson de En el nombre del padre en la categoría de actriz secundaria. Interpretaciones ambas tan inolvidables como la de Jacob Tremblay, por lo que su ausencia de las candidaturas se vuelve incomprensible.

Porque él es el alma de la película. Él su mayor descubrimiento, él el motivo de que los espectadores salgan de la sala obnubilados por su presencia, su carisma y su humanidad. Lo que hace este niño en La habitación es portentoso, tanto que resulta complicado, en comparación, recordar la interpretación de Brie Larson, algo que conseguimos cuando recorremos con el recuerdo la película completa, una cinta que, por otro lado, merece enormes alabanzas. #Hollywood #Oscars