Alejandro González Iñárritu es un director privilegiado. Desde el comienzo de su carrera, con Amores perros como tarjeta de presentación ante el mundo y ante la Academia de Hollywood, que a cada una de sus películas le ha dado nominaciones al Oscar, se ha aceptado que sus trabajos son duros, brutales incluso, y en lugar de rechazarlos por principio se accede a ellos con el agrado propio del buen Cine que encontraremos, por encima del sufrimiento que supondrá enfrentarse a él. Y eso no le ocurre a todos los directores consagrados con las etiquetas más intensas.

Por si eso fuera poco, el año pasado ganó cuatro Oscar, mejor película y director incluidos, gracias a un film tan extraño como apasionante, Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia), que en circunstancias normales no habría obtenido el favor de la Academia.

Pero a Iñárritu Hollywood le sonríe y su romance con la industria le permite ser de nuevo el director con más posibilidades, numéricas al menos, de triunfar en la noche más esperada del cine. 12 candidaturas le ha otorgado a El Renacido, y gane las que gane, lo que está claro es que las merece todas.

El Renacido es cine épico que más que merecer, precisa de una pantalla grande para disfrutarse, para explorar ese territorio que en 1820 todavía no era Dakota del Norte y Dakota del Sur, para adentrarse en los peligros de un paraje tan bello como crudo e inhóspito en el que a Hugh Glass le toca sobrevivir si quiere vengarse del hombre que, entre otros cargos, lo ha dado por muerto una vez que el ataque de un oso grizzly lo ha dejado casi en ese estado.

No solo la fotografía de Emmanuel Lubezki, también el vestuario, o la música de Ryuichi Sakamoto, son para estudiarlos por separado. Todas las categorías de la película se unen para configurar esta obra de arte que se recrea tanto en los paisajes como en las heridas que éste deja en quienes osan penetrar en él.

La naturaleza es salvaje, pero una cosa es saberlo y otra comprobarlo, y una vez estamos expuestos a sus efectos la verdadera personalidad de cada uno fluye y destapa aquello que las buenas maneras no dejaban vislumbrar.

Así, tenemos un personaje malvado, el del ex militar John Fitzgerald, y otro pacífico, el trampero Hugh Glass, a los que interpretan Tom Hardy y Leonardo DiCaprio, a cual con más aproximación a lo excelso, alejados los dos de los lugares comunes en que ambos podrían caer.

Aparentemente Hardy se mueve con un personaje más completo, algo que no es cierto si hacemos una comparación de causas, circunstancias y motivaciones: los dos tienen un propósito que lograr y un modo de conseguirlo, pero el Glass de DiCaprio nada en aguas más desfavorables, por lo que cualquier movimiento, gesto o recurso que utilice para salir de ellas puede ser tomado por una exageración para obtener el aplauso en lugar de por el paso lógico que nosotros también intentaríamos dar.

Alejandro González Iñárritu firma, por sexta vez, una obra personal que aunque esté arropada por una estrella como DiCaprio y por la seguridad que de cara a la taquilla aportan las candidaturas al Oscar, no se aparta ni un momento del estilo narrativo de su director.

Es decir, estamos ante un ejemplo del llamado cine de autor que en ningún momento oculta lo que es, porque si Iñárrtu empezó desgarrando almas en Amores perros y 21 gramos, y continuó la tarea con Biutiful, en El Renacido vuelve a hacer uso de su universo, que no es sencillo, pero sí fabuloso.

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