El primer caso conocido –o comúnmente aceptado– de una de estas señales en el cielo se produjo a principios del ya lejano año 1997. En un principio se pensó que podía tratarse del efecto de condensación de los gases producidos por los motores a reacción de determinadas aeronaves, efecto conocido como contrail –estela de condensación– pero no se tardó demasiado en empezar a emplear otro término, chemtrail, que significa literalmente estela química, y que fue puesto de moda por el periodista William Thomas en 1999.

En efecto, se habían detectado algunas diferencias de lo que sería el efecto producido por la condensación normal de los gases; estos chemtrails, pues, tendrían más grosor, muchísima más longitud y, sobre todo, durabilidad en el espacio aéreo.

Pero quizá, lo que más inquieta de todo esto a los observadores, es su “caprichosa” formación, presentándose en muchas ocasiones como si se estuvieran siguiendo determinados patrones a la hora de generar estas estelas. Y es que se las ha visto –y fotografiado– formando trazos en paralelo, densas cuadrículas sobre determinadas zonas pobladas o, incluso, con la caprichosa forma de una U.

A raíz de estos hallazgos y de la observación y durabilidad de estas formas, se fueron entretejiendo distintas hipótesis, no tardando mucho en aparecer, también, algunas explicaciones relacionadas con las teorías de la conspiración. ¿Acaso nos están fumigando? ¿Formamos parte de un indeseado e involuntario experimento?

Y, quienes argumentan estos planteamientos, ¿están más cercanos a la realidad o a la ciencia ficción? ¿Hasta qué punto pueden tener razón?

Se ha especulado que pueden tener su origen en desconocidos experimentos militares, en una eventual guerra química o biológica, que pretenden con ello alterar el ADN o que estarían destinadas, entre otras cosas, a causar sequías a voluntad.

Pero quizá, entre las explicaciones que se han llegado a barajar, una de las que mayor aceptación y popularidad esté adquiriendo sea la de su utilización en hipotéticas operaciones de geoingeniería.

De hecho, y aunque haya quien lo niegue, se han realizando análisis que revelan un inusual y desmesurado índice de partículas de aluminio –de hasta 19 mg– en terrenos de cultivo ecológico en los que esos niveles no sobrepasan el 0’5.

Cada vez que aparecen estas estelas en los cielos, dichos cultivos se pierden irremisiblemente. Además, se han detectado también rastros inusuales de yoduro de plata, dióxido de plomo y diatomita. Algunas de las áreas más afectadas por estas prácticas en España serían la provincia de Almería, la región de Murcia, la Comunidad de Valencia o Zamora, donde el Ayuntamiento de Uña de Quintana presentó, en 2015, denuncias al respecto.

Todos aquellos interesados podrán ampliar información en los numerosos artículos –de todos los colores– que pululan por la red, pero el hecho es que parece haber algunos indicios que apuntan directamente a la teoría de la geoingeniería. Pero, de ser esto cierto, ¿en nombre de quién?

Que se sepa. No se ha celebrado jamás una consulta para llevar a cabo éste u otros proyectos similares.

Sólo nos queda continuar buscando evidencias que logren apoyar o desmitificar el affaire que, de llegar a confirmarse algún día como cierto, nos puede dar una idea de hasta qué punto nuestra opinión no como votantes, sino como ciudadanos del mundo, es importante.

Entretanto, les dejo con la reflexión.

Sigue la página Historias
Seguir
¡No te pierdas nuestra pagina de Facebook!!