Los atentados de Francia, primero el de Charlie Hebdo y más tarde el de París, pusieron de manifiesto la existencia, más allá del orden establecido, de una auténtica conciencia global colectiva dispuesta a hacer frente a la injusticia.

No utilizan artefactos explosivos camuflados en un chaleco, ni empuñan un AK-47; el teclado de sus ordenadores ha demostrado que puede llegar a ser tanto o más efectivo que todo eso. Ellos son Anonymous, y un lema abandera siempre su tarjeta de presentación: “El conocimiento es libre. Somos Anónimos. Somos legión. No perdonamos. No olvidamos. ¡Esperadnos!”

Pero, ¿quiénes son en realidad?

¿O quién forma parte de este curioso colectivo? La respuesta no es fácil. De hecho, y a pesar de que diversas operaciones policiales han asegurado en varias ocasiones haber “desmantelado la cúpula principal” de Anonymous, parece no haber nada más alejado de la realidad.

Anonymous no tiene rostro, no tiene líderes, y tampoco portavoces; no ostenta jerarquía formal, no posee identidad. Tampoco tiene fronteras; es un movimiento global y no entiende de jurisdicciones. Puede ser todos y nadie, y es capaz de provocar los sentimientos y las reacciones más encontradas; amor, odio, confusión, pasión… todo tiene cabida entre sus más fieles seguidores y sus más acérrimos detractores.

Ahí radica su fuerza, su empuje, su iniciativa, el encanto que desprende y que parece atrapar a las masas cuando alguien las observa desde detrás de la máscara que tan de moda puso la adaptación al cine de la novela gráfica de Alan Moore, V de Vendetta, adoptada por el colectivo como un auténtico icono visual.

Anonymous siempre actúa desde el anonimato; pone sobre la mesa el problema, exponiéndolo a la vista de todos sobre el tapete digital. Para ello se sirve de blogs, chats y otras redes sociales. Lo muestra en público, lo aisla del resto, le pone cara, advierte y, finalmente, actúa y ataja el mal de raíz.

Sin muertes; sin violencia.

Tiene espíritu de colmena, lejos de prevalecer en su seno la opinión individual. Detesta el protagonismo, no tiene ego, no encaja en la corriente paradigmática más aceptada socialmente –¿o quizá socialmente impuesta?

Se sabe que Anonymous lucha, principalmente, por el derecho a la información.

En cierta ocasión, y en respuesta a determinado cuestionario que algunos de sus miembros decidieron contestar –siempre de manera consensuada– dejaron bien claros algunos de los principales postulados que definen su ideario: “Son pocos y terriblemente simples…”, respondieron; “…anonimato absoluto…”, “…la lucha contra la corrupción en los Gobiernos o en cualquier estructura de poder. La defensa incondicional de la libertad en Internet…”

Dice el axioma que la información es poder. Y el poder corrompe.

Si esas declaraciones son del todo ciertas, este colectivo se habría instaurado en algo así como un “guardián del guardián”, un “vigilante del vigilante”, y estaría encarnando un movimiento que, de algún modo, “vigila a los que nos vigilan”.

Y aquí, las opiniones del común de los mortales empiezan a discrepar unas de otras: si bien es loable ejercer un control sobre el “controlador”, ¿quién controla al que a su vez controla a los que nos controlan? Porque no olvidemos que el poder, que viene dado por la información, corrompe, y Anonymous maneja, a la postre, cantidades ingentes de información, proveniente de múltiples y muy variadas fuentes.

Por el momento, a pesar de que ya llevan algunos años funcionando, no se han dado casos de este tipo. ¿Se debe, quizá, a que esa vigilancia, ese control constante es también ejercido libremente entre sus componentes? Porque sabemos que en cuanto se detecta algún acto fuera de lugar, automáticamente se hace el vacío, desde dentro, al culpable.

De algún modo, se le “destierra” de la anónima comunidad.

No existe demasiada información sobre ellos pero, en este sentido, ojalá cundiese el ejemplo entre los cada vez más numerosos “profesionales” de nuestra política.

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