Hubo un tiempo en que Will Smithera el rey de Hollywood, allá por los olvidados años noventa, esos posteriores a la década de los ochenta que, precisamente por no pertenecer a ella, no recibe la misma consideración, ni siquiera parecida, a la que aquella sigue teniendo. Se le concede el mérito de haberle dado al Cine grandes películas, pero todas ellas son ya el inicio de un declive en el que se ha perdido incluso la magia de ir al cine en detrimento de otras formas de diversión, quedando solo el remanente de títulos puntales a los que hacer caso y acudir sin falta.

Will Smith fue el Harrison Ford de los noventa, el actor al que Hollywood recurría para todo blockbuster al que diera luz verde.

Su popularidad en la serie de TelevisiónEl príncipe de Bel-Air le dio cuanto necesitaba para protagonizar los mayores éxitos de taquilla de esos años: Dos policías rebeldes, Men In Black y sobre todo Independence Day.

Daba la impresión de que cualquier película que contara con él, grande o pequeña, que también las rodaba, como Ali o En busca de la felicidad, por las que obtuvo sendas candidaturas al Oscar al mejor actor, iba a funcionar y a situarse en el número 1 del box office, o, entre las cinco primeras en recaudación si la producción no respondía a un perfil de cine excesivamente comercial.

Pero llegó After Earth y lo cambió todo. El público le dio la espalda a una cinta que consideró aburrida y en la que él no era el protagonista, y de ese modo Will Smith tuvo que enfrentarse al mayor fracaso de su carrera.

Los proyectos dejaron de lloverle. Encontrar al actor en un film importante empezó a ser una quimera. Ni siquiera Focus, que lo unió a la emergente Margot Robbie, descubierta para el mundo en El lobo de Wall Street, tuvo la respuesta esperada.

2016 puede ser su año de redención: estrenará La verdad duele y Escuadrón suicida, que se vislumbra como uno de los taquillazos del verano.

Se trata de una película basada en el cómic de John Ostrander, en la que vuelve a coincidir con Margot Robbie. Pero es un film coral en el que brillará en conjunción con sus compañeros, Jared Leto como Joker incluido.

En solitario, La verdad duele será la muestra de que Will sigue siendo un actor al que no debemos perder de vista.

En ella da vida al doctor Bennet Omalu, que descubrió las consecuencias de la conmoción cerebral en los jugadores de fútbol americano, un trabajo por el que perfectamente la Academia podría haberlo nominado al Oscar, pero que como bien sabemos, no lo ha hecho, causando un gigantesco revuelo por la exclusión de actores de raza negra en las candidaturas. La última en estar nominada, y en haberlo ganado, fue Lupita Nyong´o, hace dos años.

Will se ha negado a ir a la gala, y además de por el tema reivindicativo está en su derecho por el ninguneo a su trabajo. Ya le pasó a Leonardo DiCaprio cuando no lo nominaron por Titanic, y si Charlize Theron decide no ir por haber sido la única de Mad Max: Furia en la carretera que no obtiene candidatura (Tom Hardy la ha conseguido, aunque por El Renacido) se entenderá tan bien en como los casos anteriores.

Polémicas aparte, Will Smith tiene motivos para la alegría. Los proyectos vuelven a sonreírle. Lo esperan la tercera y cuarta parte de Dos policías rebeldes y un film, The american can, en el que interpretará al Marine que salvó a 244 personas del huracán Katrina. Bienvenido de nuevo al firmamento de Hollywood, señor Smith.

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