Sábado por la noche, El Carmen, Valencia, los jóvenes y no tan jóvenes caminan tranquilamente entre la multitud que va y viene por las pequeñas calles, evitando los coches que con frecuencia pasan por allí. Las manos fuertemente cerradas entre asas de plástico, bolsas que guardan botellas de licor que después se convertirán en el principal motivo de reunión:  celebrar un botellón.

Para los bolsillos más pretenciosos, existe otra manera de tomar una copa: a través de los cocteles que ofrecen locales como Unic, para luego, ir a bailar a un pub cercano Bolsería.

En Ruzafa también se presenta la misma historia: adolescentes y veinteañeros cargando botellas llenas de alcohol listas para ser consumidas.

Sin embargo, la diferencia entre estos dos barrios rivales radica en que, en el último, este espectáculo queda reducido solamente al área del mercado de Ruzafa y la calle Cuba, no interfiriendo e incluso dejando que la vida cultural se desarrolle como ella desee; mientras que en el caso de la Ciutat Vella, el botellón termina arrasando con cualquier  expresión artística después de las 11 de la noche.

Y es que Ruzafa, actualmente, se presta para todo tipo de experimento cultural. Siempre ha sido una tierra de paso para muchas culturas desde su creación allá en el siglo IX cuando el príncipe omeya Abd Allah al-Balansi construyó una finca de recreo a imitación de la que tenía su padre, Abd Al-Rahman I, en Córdoba. Esta edificación desapareció pronto porque los hijos no siguieron residiendo en Valencia, pero la zona ajardinada de su alrededor se conservó y fue empleada como lugar de esparcimiento y parque público que es de donde proviene su nombre, ya que Ruzafa, y del árabe Ruçaffa, significa jardín. 

Tras la conquista cristiana, los jardines fueron transformados en tierras de labor, y las edificaciones musulmanas en alquerías ocupadas por los conquistadores o los vasallos de los mismos. 

Por muchos siglos y gracias a las murallas de la ciudad, Ruzafa quedo apartada.

Vídeos destacados del día

Se trataba de una gran extensión de huerta donde los labradores vendían sus productos en su propio mercado. Con el tiempo, y debido al aumento de la población, se llenó de edificios y comercios, adhiriéndose a la capital. Finalmente, en los años 70, el barrio fue perdiendo población a la vez que sufría el cierre de las pequeñas tiendas.

Curiosamente, veinte años después, se paraliza este proceso y se convierte en una zona de recepción de ciudadanos extracomunitarios debido a una amplia oferta de vivienda barata. De esta manera comienzan a proliferar los negocios étnicos. Las primeras tiendas se instalaron en la calle Cuba  fueron las carnicerías de estilo “halal”.Tras los marroquíes, los sirios y los argelinos, llegaron los chinos a finales de los 90 y los latinoamericanos a comienzos del 2000. En la última década, Ruzafa ha lavado su imagen de ser un lugar donde abundaba el intercambio de droga y poco a poco ha explotado su mezcla étnica y juvenil para convertirse en el nuevo epicentro cultural.

Uno de estos sitios es Ubik café, un local que este 12 de diciembre cumplió 7 años y que, como afirma uno de sus dueños y camareros, Lorenzo Donvito, oriundo de Florencia, lo que les motivó a fundar el local en Ruzafa fue la mezcla de etnias en un solo sitio en un momento en que ellos eran de los primeros que abrían en el barrio.Añadiendo que: “La gente quiere salir, no solo para beber, quieren ver algo también y no todos tienen la pasta para ir a un Teatro. A veces, es más sencillo ver un espectáculo gratis en locales como estos”. 

Entérate de mucho más en la segunda entrega de esa reportaje.