Desde el pasado viernes, podemos disfrutar en los cines de la última película del realizador británico, que ya se lució en anteriores ocasiones con trabajos como El discurso del rey (2010) o Los Miserables (2012). La historia aborda el proceso de transformación de identidad sexual que sufrió Einar Wegener. Dicho esto, es siempre un poco morboso y prejuzgado el método que cada cual se imagina en su cabeza. Máxime si se trata de un pintor danés en los felices años veinte. El azar de la historia quiso hacer la conjugación idónea para envolver en tela de modernidad y fantasía una realidad bastante cruenta, por otra parte.

En alguna entrevista, Hooper declaró que la historia de Einar, conocido como Lili Elbe cuando se concienció de su sexo real, es un hito imprescindible dentro de la aceptación de la transexualidad. Uno puede quedarse un poco frío o si acaso pensar que exagera. Nada más lejos de la realidad. Sin duda alguna, es un cuento que conmueve desde la primera toma.

Es un cuento por dos motivos. Porque dada la delicadeza que invierte el director en el tratamiento de todas sus obras, mantiene esa atmósfera pubescente, ingenua, de rosa y muselina, propia de las princesas infantiles.

Y porque los cuentos fueron creados principalmente para niñas. La fantasía cruel y melosa vive de los réditos de la mujer.

La primera escena muestra a la depreciada Gerda Wegener, coprotagonista de la vida de su marido. Incapaz de hacerse hueco entre el círculo de pintores de Copenhague. Ya parte de la noción de que el rol femenino deviene en invisibilidad en igualdad de ocupaciones o talentos. Sin embargo, cuando Einar quiere ser una mujer física, asistimos al alumbramiento relanzado de la mujer desde su rol mismo.

Porque Einar va adquiriendo conciencia de su sexualidad latente a través de experiencias sensoriales que ofrecen las prendas femeninas. Es una justificación mediada por convencionalismos estéticos y situacionales de la mujer. La mujer usa vestidos y baila ballet, se perfuma y es acariciada. Los estímulos sensitivos de estas costumbres domésticas y de rol, que no de naturaleza, son las que devuelven al protagonista a su verdadero ser.

Eso es lo inquietante, doloroso y bello del tema. Lo que alimenta, destruye. Gerda se frustra por ser mujer, y Einar por no serlo. La historia de la mujer, que no de la feminidad, es una historia de frustración, de almas apagadas.

Mientras Einar va siendo cada vez más mujer, Gerda duda de su propia seguridad femenina al no poder rescatar la masculinidad del que es aún su marido. Conflictos sexuales, de fidelidad, de exposición social, incluso económicos, van tiñendo la narración de una sensación laberíntica, donde lo que les une y les separa es esencialmente lo mismo: el amor, ese que no distingue de géneros.

Eddie Redmayne borda el papel, aunque no suponía una dificultad para él. Tiene una feminidad muy aflorada según Hooper, y experiencia interpretando a personajes rotos, como ya hiciera en La Teoría del Todo. Perfecto, y no contenido, como dicen algunas críticas. Así es su actuación y así es el film. La contención se entendería mejor si pudiéramos contextualizarnos en el período de entreguerras. Lo que demuestra esta falta de transgresiónes que nuestra tolerancia de hoy es mayor que la de entonces.

La que ha sido sorpresivamente deliciosa, fuerte, y humilde en su papel es Alicia Vikander. Desconozco si las apuestas la posicionan más o menos cerca de la estatuilla, pero su dominio del fuego y el hielo en su interpretación de Gerda bien merece un amplio reconocimiento.

La mujer de aristas y contrastes, de cabeza y de corazón, la esposa al inicio y la amiga al final. Por ser todo ello siendo sólo la actriz de reparto. Y sin eclipsar a Eddie, sino bailando a su alrededor. Las mujeres son increíbles, por dentro y por fuera. Todas.

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