Tras el fracaso de Extrañas coincidencias (2004) después de la exitosa Tres reyes (1999), David O. Russell tardó seis años en volver con The Fighter (2010), film ambientado en el mundo del boxeo, centrado en los conflictos de una familia disfuncional. La película tuvo muchos reconocimientos y convenció a su director del camino a seguir.

Dos años después llegó la también celebrada El lado bueno de las cosas (2012).

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Un poco más excéntrica y mezclando géneros, una película desequilibrada pero con un estilo personal madurando. Fue la sensación del año. Esto le dio una mayor ambición, y llevó el tema de la familia disfuncional a la escena mafiosa en La gran estafa americana (2013). Fue su mayor éxito, pero comenzó a ser recibido con cierta desidia. La ambición no iba acompañada de un salto de calidad.

Llegamos a 2016 y Russell nos trae su último trabajo Joy, protagonizado otra vez por Jennifer Lawrence, acompañada del resto de actores habituales en las últimas películas del cineasta: Bradley Cooper y Robert De Niro.

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Russell parece seguir un “manual del cineasta de autor norteamericano”, en el que se dice que tras una película ambiciosa y de éxito  toca hacer un film intimista, personal y disimuladamente igual de ambicioso. Así pues, en Joy, Russell se acerca a la historia de Joy Mangano, una madre coraje cuya vida es un desastre y que decide dar un paso adelante inventando la “fregona milagro” (Miracle Mop). No sin trabas logrará el éxito empresarial y alcanzar el gran sueño americano.

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Arte

Su inestable padre divorciado, junto con su nueva novia, su ex-marido que vive en el sótano, su idealista abuela, su depresiva madre, su celosa hermana y su motivadora hija le ayudarán en el proceso de pasar del lodo al oro. Una pequeña historia familiar, más profunda que sus anteriores films y contada con intimidad pero con grandes intenciones. 

La película sigue el estilo que el director ha decidido tomar como suyo desde el éxito de The Fighter, pero si aquello que se veía y apreciaba novedoso, un golpe de aire fresco, y que luego logró estilizarse de manera adecuada mostrando a alguien personal y con talento, en Joy ya no tiene frescura y todo nos hace déjà vu.

La voluntad esquizofrénica del film, de querer ir saltando de género y de estado emocional en cada plano, sumado a la (parece ser) inagotable historia por lograr el gran sueño americano ya son cosas que nos parecen muy vistas, sin emoción ni gran interés. Y Russell se conforma con el potencial de su materia prima: un punto de partida interesante con una familia disfuncional que puede dar mucho juego, y la habilidad de sus actores, especialmente de Lawrence, que como siempre ofrece una sólida interpretación que nos hace olvidar que su personaje tiene mucha más edad que ella en la vida real en la que se basa la historia.

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La película termina siendo como el melodrama televisivo que la madre de Joy no deja de ver por televisión y queda un tanto ridículo en cuanto a símil, cayendo en los tópicos. Así terminamos con una Joy rockera que camina al tiempo que se pone unas gafas de sol. Esta imagen paradigmática resume a que nos referimos cuando Russell se limita a aplicar formulas que ya funcionan y son bien conocidas a un productor que pretende ser histriónico, novedoso y personal.

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Pese a estar cargada de tópicos y avanzar forzadamente queriendo hacer más larga y épica la historia de Joy, el film es disfrutable y ofrece algunos buenos momentos llenos de emoción en los que Russell logra tener voz propia.

 

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